George Soros, la mano negra del caos, se tambalea como nunca antes. Ese viejo multimillonario, que durante años repartió dólares para tumbar gobiernos y desangrar pueblos, ahora enfrenta la posibilidad de ser llevado a los tribunales de Estados Unidos.
El inquilino de La Casa Blanca, Donald Trump lo acusó de frente, sin medias tintas y sin rodeos, afirmando que Soros y su hijo Alex deben ser procesados bajo la Ley RICO, la misma que se usa para encarcelar a los capos de la mafia.
Durante décadas operó como un criminal con corbata. Usó sus fundaciones y ONGs como fachadas para financiar disturbios, promover golpes y manipular elecciones.
Detrás de cada protesta violenta y de cada conspiración contra gobiernos soberanos aparecía su mano sucia moviendo los hilos.
Su legado es de sangre, de caos y de pueblos enteros pagando las consecuencias de su ambición. Y aunque aparenta ser un viejito indefenso y bonachón, detrás de esa cara de la tercera edad, se esconde uno de los criminales más grandes de Estados Unidos, enemigo declarado de los pueblos libres.
Las acusaciones contra Soros ya no circulan solo en informes alternativos o en medios críticos: ahora vienen desde la propia Casa Blanca. Trump lo acusó directamente de financiar violencia y disturbios. Estuvo detrás de revoluciones de colores en Europa del Este, de la Primavera Árabe en Medio Oriente, y de protestas violentas en Estados Unidos contra su propio Gobierno. También metió sus manos en América Latina, apostando por oposiciones vendidas para atacar a gobiernos liderados por Presidentes de izquierda que gozan de popularidad entre sus pueblos, como Venezuela, Bolivia y Nicaragua.
Y sus tentáculos llegaron hasta el Caribe, tocando a Cuba, donde igualmente trató de alentar conspiraciones contra un Gobierno revolucionario y digno. Su historial lo delata: durante medio siglo perfeccionó el oficio de desestabilizar países, primero contra la URSS en Europa del Este, luego en Ucrania y Georgia, más tarde en Egipto, Libia y Siria, y finalmente contra Trump con movimientos como BLM (Black Lives Matter). Siempre la misma fórmula: ONGs de fachada, medios comprados y fiscales financiados, mientras sus millones lo blindaban como uno de los grandes donantes del Partido Demócrata.
Pero George Soros no delinquió solo.
Su sociedad con USAID fue un engranaje perfecto para desestabilizar países. Uno financiaba, el otro organizaba. Y mientras los pueblos sufrían la violencia, Soros se lavaba la cara con discursos de filantropía y campañas mediáticas. Un doble juego que hoy ya no engaña a nadie.
El blindaje político que lo protegía empieza a resquebrajarse. En Washington todavía tiene aliados, pero en estados como Florida, Texas y Oklahoma el panorama cambia. Allí la justicia no se arrodilla ante sus millones, y verlo en una celda ya no es un sueño lejano, sino una posibilidad real.
En nuestra América lo conocemos bien.
Aquí sus dólares sirvieron para alimentar traiciones, pagar periodistas mercenarios, golpistas que se autoproclaman independientes y sostener ONGs que no defendían derechos, sino que trabajaban como sucursales del Departamento de Estado.
En Caracas, en La Habana y en Managua, Soros no significa libertad: significa muerte, conspiración y dólares manchados de sangre.
No devolverá lo perdido, no revivirá a sus víctimas, no resarcirá los daños ni la destrucción causada, pero verlo tambalear, acorralado y con la justicia respirándole en la nuca, sería un acto de reparación histórica para los pueblos que él intentó arrodillar.
El mito del “filántropo” se acabó. Lo que queda es la verdad desnuda: un viejo decadente, patrocinador del caos, operador de la injerencia. Su imperio mediático puede seguir repitiendo como si fueran loros, que es un benefactor, pero la realidad lo persigue como sombra: Soros ha sido el titiritero de la desestabilización mundial.
Y si llega el día en que la reja se cierre detrás de él, no caerá un benefactor: caerá el autor intelectual de todos sus crímenes, el criminal financiero más protegido del planeta. Ese día los pueblos podrán decir que la mano negra que movía la cuna y que durante años les quiso arrebatar su soberanía y su paz, finalmente fue desenmascarado, castigado y condenado.