Una secuela de la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial de la cual Europa jamás ha recuperado es su dependencia político-militar y económica de los Estados Unidos norteamericanos. Esta dependencia originó con la creación del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional en 1944, la aplicación del Plan Marshall de ayuda económica iniciado en 1948 y la fundación en 1949 de la alianza militar, la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Se olvida generalmente que el Plan Marshall, bajo la agencia norteamericana Administración de Operaciones en el Extranjero, siguió en efecto hasta 1961. Las secuelas de ese período han determinado el desarrollo de Europa hasta el presente.
La relación económica con EE.UU.
Desde 1950 hasta el fin de la guerra fría en 1990 alrededor de 300.000 tropas norteamericanas ocuparon bases en toda la Europa occidental. Hoy, solo quedan 80.000 efectivos militares norteamericanos en Europa, pero la dependencia e interrelación financiera y comercial siguen muy vigentes. Se puede apreciar esta realidad en las cifras de la enorme inversión directa y el intercambio de bienes y servicios entre la economía norteamericana y los principales países europeos. Especialmente notables son las relaciones entre la economía norteamericana y las economías de Alemania, Francia, Países Bajos y el Reino Unido.

Los datos indican que las desavenencias en la OTAN ahora alrededor de Groenlandia y sobre el apoyo material al régimen nazi de Ucrania, resaltadas en la reciente cumbre del Foro Económico Mundial en Davos, son mero teatro político. Es más que claro que las élites gobernantes yanquis y las élites gobernantes europeas no se van a divorciar a corto plazo. El principal pleito entre ellas es sobre cómo se va a pagar una mayor militarización de Europa que las élites yanquis ya no quieren financiar pero necesitan para seguir su acostumbrada política exterior de amenazar a Rusia, amedrentar a China y proyectar poder militar hacia Asia Occidental en apoyo a Israel y contra Irán.
Una perspectiva económica objetiva
Con una población total de 450 millones en una extensión territorial de más de cuatro millones de kilómetros cuadrados la Unión Europea aporta alrededor de 13% del Producto Interno Bruto mundial. Una comparación de su población, extensión territorial y producto interno bruto con los países más importantes en sus respectivas regiones demuestra que el poder económico de la Unión Europea relativo al mundo mayoritario es muy similar al poder norteamericano, aunque es innegable que ambos experimentan un declive de peso económico en relación a la economía mundial.

Incluso, las relaciones económicas de la Unión Europea con China son mucho más significantes que el intercambio económico de China con el mercado norteamericano.

Para entender la sumisa dependencia europea relativa a los Estados Unidos norteamericanos entonces, es necesario recorrer la historia político-militar transatlántica.
La integración político-militar europea
Después de la catastrófica devastación en Europa en 1945, las élites norteamericanas, con su economía ilesa, gozaban del prácticamente absoluto dominio de la economía mundial. El proyecto de la unificación europea inició en el contexto de la cooperación para el desarrollo norteamericana y la ocupación militar y se desarrollaba como la expresión política de la alianza militar de la OTAN. El paso inicial de la integración europea fue el Tratado de París de 1951 que estableció la Comunidad Europea de Carbón y Acero compuesta de Alemania, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y Países Bajos. En 1957, por medio del Tratado de Roma entre los mismos países, se creó la Comunidad Económica Europea junto con la Comunidad Europea de la Energía Atómica.
Desde los años 1960s, la mayoría de los países de Europa occidental progresivamente se unieron al proyecto de la integración europea. En 1993, con el Tratado de Maastricht, se fundó la Unión Europea, aunque fue hasta el Tratado de Lisboa de 2009 que las originales comunidades europeas fueron subsumidas formalmente en la nueva entidad. En los quince años después de la disolución de la Unión Soviética en 1991, casi todos los países de Europa del Este se unieron a la Unión Europea. En paralelo, se integraron en ese mismo período a la expresión militar de la relación transatlántica con el poder norteamericano, la OTAN, que se expandía progresivamente hacia las fronteras de Rusia.
Ahora veintisiete países son miembros de la Unión Europea y todos ellos son miembros de la OTAN además de Islandia y Noruega. El Tratado de Lisboa de la Unión Europea de 2009 y la cumbre de la OTAN en Bucharest el año anterior, fueron la culminación del desarrollo de Europa como un fiel aliado de las élites norteamericanas para amenazar a Rusia e Irán, coaccionar a Venezuela, apoyar a la genocida ocupación del régimen israelí en Palestina y enfrentar a China. La semana pasada en la cumbre en Davos del Foro Económico Mundial, el primer ministro de Canadá finalmente confesó la realidad del cinismo e hipocresía del Occidente colectivo en las relaciones internacionales de las últimas décadas:
“Sabíamos que la historia del orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando fuera conveniente. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor en función de la identidad del acusado o de la víctima. Esta ficción fue útil… Entonces, colocamos el letrero en la ventana. Participamos en los rituales. Y evitó en gran medida señalar las brechas entre la retórica y la realidad. Este trato ya no funciona. Permítan me ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición”.
Reajuste y recalibración
Posiblemente, el señor Carney quiere distanciarse de la criminal agresión y completo abandono del derecho internacional por el gobierno del presidente Trump. Pero, quizás inconscientemente, sus palabras resaltan la podrida falsedad occidental. El primer ministro Carney habló en Davos poco después de haber visitado a Beijing para mendigar al gobierno de China medidas para aumentar el comercio bilateral con Canadá. Pero Canadá es todavía más dependiente de su intercambio con la economía norteamericana que los países europeos. En Davos, el señor Carney solo estaba cubriendo sus apuestas porque es claro que jamás va a haber una ruptura de fondo entre las élites norteamericanas y sus compinches europeos.
Una ruptura sería la expulsión de toda presencia militar norteamericana del territorio europeo y una vigorosa reorientación del comercio de bienes y servicios hacia el mundo mayoritario. Habría un brusco ajuste en la relación financiera que facilita la viabilidad del dólar estadounidense cuando la economía norteamericana está en bancarrota. Los gobiernos europeos condenarían de manera eficaz el genocidio sionista en Gaza, lo cual siempre han facilitado, e impondrían fuertes medidas coercitivas contra la economía israelí. Habría un fin del apoyo europeo al régimen nazi en Ucrania, una normalización de las relaciones con Rusia y la corte de toda relación política con la rebelde provincia China de Taiwán.
Nunca se verá la implementación de ninguna de estas medidas, entre muchas otras que se podrían tomar, porque en verdad se trata solamente de un reajuste y recalibración para barajar las relaciones y el vocabulario de la retórica entre las élites gobernantes europeas y sus homólogas norteamericanas. De hecho, el resurgimiento del más brutal colonialismo norteamericano exige a las élites gobernantes de Europa a profundizar la represión política y económica contra sus propios pueblos para asegurar la continuidad de la sumisa colaboración europea con la política exterior norteamericana, hostigar a Rusia, amedrentar a China, amenazar a Irán y apoyar el genocida régimen sionista en Israel. El desarrollo de la guerra en Ucrania desde el golpe de estado en Kiev de 2014 confirma esta realidad.
En todo este tiempo la clase política europea, casi sin excepción, se sometía al liderazgo de las élites gobernantes norteamericanas pensando que estaban cumpliendo el papel de aliados cuando, en verdad actuaban como vasallos. La destrucción del gasoducto Nord Stream 2 para hacer imposible el suministro de gas ruso por esa vía ejemplificó esta realidad. Ahora, el imperio yanquí ha asegurado que Europa depende de los suministros del gas licuado proveniente de Estados Unidos y sus aliados. Las élites norteamericanas requieren convertir a Europa en una región vasalla estadounidense fuertemente militarizada y todo indica que las élites gobernantes europeas cumplirán. Ya están aplicando cada vez más extremas medidas de represión política, recortes al sistema de bienestar social y mayor explotación laboral. Habrá que ver sí o cuando los pueblos europeos finalmente van a rebelar para exigir políticas soberanas que corresponden a las aspiraciones y necesidades de sus familias.













