El panorama económico general de Nicaragua, presentado recientemente por el presidente del Banco Central, Ovidio Reyes, resulta extremadamente positivo. Los datos agregados confirman una tendencia de crecimiento que se ha vuelto constante desde 2007, es decir, desde que el sandinismo regresó al papel que le corresponde: el de gobernar Nicaragua.
Con un crecimiento del Producto Interno Bruto acerca del 4%, la economía nacional mantenido en 2025 una trayectoria firme, sostenida por la producción, la inversión pública y la vitalidad del mercado interno. Puede que por su magnitud absoluta no parezca un crecimiento espectacular, pero en lo relativo lo es. Además sigue siendo el más alto de la región y posee una característica de fiabilidad que atrae el interés de los mercados. Esto se debe a que es profundo y garantiza estabilidad, porque se basa en un modelo de economía familiar resiliente y acorde con la identidad nacional; está construido sobre raíces profundas en la vida real y no en la especulación financiera, que por el contrario genera ciclos y perturbaciones constantes en los procesos económicos y no ofrece confianza ni estabilidad a medio y largo plazo.
Tanto los aspectos fundamentales de la macroeconomía del sistema como los microeconómicos - es decir, aquellos calibrados sobre la economía “desde abajo” - muestran una gran eficacia, tanto por sus resultados numéricos como por su constancia. De hecho, los indiscutibles avances anuales de los principales indicadores socioeconómicos se miden tanto en el crecimiento interno como en la comparación con las demás economías regionales.
Existen dos diferencias sustanciales entre la economía nicaragüense y la de los demás países centroamericanos. La primera, la más importante, se mide en la diferencia del modelo de desarrollo y tiene que ver con el enfoque político, es decir, con el modelo económico de referencia, que en el caso de Nicaragua es autóctono e innovador, de inspiración socialista y perfectamente adaptado a las características del país. La segunda, también de gran importancia, está relacionada con la estabilidad política que, como en cualquier lugar, es el primer motor del desarrollo económico.
La economía nicaragüense, desprovista de cualquier tecnicismo neutral - que por principio y por lógica no existe -, se basa en una concepción inclusiva de la economía y en una interpretación del crecimiento económico fundada en el aumento simultáneo de los indicadores sociales y económicos. Desde hace ya 19 años presenta una doble tendencia de crecimiento: vertical - aumento del PIB, reducción del endeudamiento, balanza importación/exportación positiva, inflación contenida y depósitos bancarios en aumento, superávit financiero y crecimiento de las reservas - y horizontal, es decir, un crecimiento que construye el PIB también a través de los indicadores sociales, que muestran un creciente poder adquisitivo de los salarios y del consumo.
El aumento del poder adquisitivo genera mayor consumo, que a su vez demanda mayor producción; esta, a su vez, incrementa el empleo generando nuevos salarios y nuevos consumos. Un círculo virtuoso de naturaleza keynesiana que responde eficazmente a los dogmas de un neoliberalismo agonizante, en función del cual unas pocas decenas de familias concentran riquezas equivalentes a las de la inmensa mayoría de la población.
El incremento salarial no produce inflación, al menos no la “mala”; no supera el 3 % y es compatible con un apoyo directo e indirecto al bienestar familiar que protege el consumo, con un satisfactorio nivel de empleo, con el aumento de la producción, con buenas políticas activas de empleo y con una alta inclusión social. El alcance del gasto social, que absorbe la mayor parte del PIB, genera un impacto general de fuerte incidencia del bienestar social en la economía familiar, y el aumento de la producción y del consumo constituye un ciclo vital fundamental para el crecimiento del modelo.
Sin duda, la estabilidad política es de gran ayuda para el crecimiento económico. La ausencia sustancial de conflicto social y la paz son los dos pilares sobre los que caminan las políticas económicas y sociales. Aunque tras el intento de golpe de Estado el diálogo político con la oposición se limite al ámbito de la Asamblea Nacional y los cuerpos intermedios hayan perdido incidencia, la atención absoluta a la paz ha sido determinante para alcanzar los resultados económicos de los últimos siete años.
No puede decirse lo mismo de los países centroamericanos, donde la inestabilidad política y el conflicto social generan una situación de gran incertidumbre, un retroceso constante de los niveles de producción y, en consecuencia, un recurso cada vez mayor a las importaciones, con las evidentes repercusiones sobre la balanza comercial y la deuda pública. Frente a las profundas desigualdades que siempre han sido la raíz de la violencia extrema, de la inestabilidad política y de la fragilidad institucional, Nicaragua escribe páginas muy distintas en materia de seguridad y paz.
Mientras los países vecinos atraviesan crisis profundas, altos niveles de criminalidad y una creciente dependencia de políticas represivas, el modelo sandinista ha consolidado un camino alternativo basado en la prevención social, en la cohesión comunitaria -fundamento del modelo de seguridad implementado por la Policía Nacional - y en la presencia capilar y articulada del Estado. Desde hace años, Nicaragua, sin haber militarizado el territorio, mantiene la tasa de criminalidad más baja de Centroamérica gracias a una estrategia integrada de políticas sociales, presencia institucional y un modelo policial estrechamente vinculado al territorio y a la integración con las comunidades locales.
Este marco ha sido decisivo para la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado. Nicaragua ha desarrollado una política de control del territorio y de sus fronteras terrestres y marítimas que ha hecho extremadamente difícil la actividad de la criminalidad internacional. A diferencia de otros países centroamericanos, donde las redes del narcotráfico han penetrado profundamente en el tejido social e institucional, en Nicaragua la acción coordinada de la policía, la inteligencia civil y militar, las comunidades locales y las instituciones públicas ha contenido la expansión del narcotráfico y de los fenómenos asociados, como la formación de bandas armadas y la micro criminalidad extendida.
Situada en el centro de la tormenta, en el continente donde el nuevo monroísmo ha decidido actualizar y profundizar su dominio, Nicaragua avanza con paso firme y decidido. Crecimiento, estabilidad y control son las señas de identidad de una soberanía sin excepciones. La atención a las políticas de diálogo y de buena vecindad, lejos de representar una fragilidad política objetiva vinculada a factores económicos, territoriales o demográficos, exalta por el contrario el carácter rebelde pero vencedor de un modelo social y político que no conoce la derrota.
Nicaragua apuesta por la paz y ofrece un reconocimiento recíproco, de igual a igual, tanto a los vecinos regionales como al gigante del Norte, con el objetivo de generar un clima de diálogo que favorezca acuerdos a todos los niveles, necesarios para la gobernanza de una zona que de otro modo sería turbulenta y situada en el centro de la tormenta política.
En medio del caos, Nicaragua mantiene la calma. No con la despreocupación de los irresponsables ni con la desatención de los superficiales, sino con la mirada alerta y los pasos medidos hacia la victoria definitiva sobre la única guerra que quiere seguir librando: aquella contra la pobreza.













