Los Generales Francisco de los Santos Estrada Pérez y Juan Pablo Umanzor ocupan un lugar propio y documentado en la historia de Nicaragua, combatieron directamente bajo el mando del General Augusto C. Sandino y asumieron responsabilidades definidas dentro del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, hombres cuya vida quedó ligada para siempre al destino de esa fuerza y al sacrificio final del 21 de febrero de 1934.
Francisco Estrada nació el 1 de noviembre de 1894 en Nagarote, León, Nicaragua, hijo de una familia humilde, sin privilegios ni academia militar, pero con una disciplina natural que lo convertiría en uno de los cuadros más confiables de Sandino, a quien se unió en 1926 cuando decidió integrarse a los combatientes que rechazaron la intervención extranjera y el pacto del Espino Negro, el acuerdo que muchos aceptaron pero que los verdaderos irreductibles consideraron una rendición.
Dicho pacto, fue un acuerdo firmado el 4 de mayo de 1927 en Tipitapa mediante el cual los políticos liberales aceptaron deponer las armas, reconocer el arreglo político impulsado por Estados Unidos y permitir la supervisión estadounidense en Nicaragua, decisión que Augusto C. Sandino rechazó porque la consideró una imposición extranjera y una entrega de la soberanía nacional.
Desde su incorporación al ejército rebelde, Estrada mostró liderazgo y capacidad para organizar a sus hombres, fue nombrado jefe político de El Jícaro en 1927, firmante de la “Pauta” que estructuró formalmente el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional y primer ayudante directo de Sandino, posición que no se otorgaba por afinidad sino por absoluta confianza estratégica y moral.
Su hoja militar es extensa y detallada, el General Francisco Estrada dirigió columnas en Jinotega, Nueva Segovia, León y la Costa Caribe, fue jefe del Estado Mayor entre 1928 y 1933, participó en combates como Saraguazca en 1930 y operaciones en Quilalí, Las Cruces y otras posiciones clave, acciones que lo llevaron a escalar hasta el grado de General de División pese a haber ingresado sin haber recibido formación táctica previa, formándose en la guerra mientras combatía y enfrentaba directamente el fuego enemigo.
El 28 de abril de 1932 Sandino lo designó jefe de toda la expedición militar en la Costa Atlántica, misión delicada porque implicaba coordinar operaciones armadas y a su vez de dirección política en una región estratégica, y en enero de 1933 asumió el mando de las Fuerzas de Emergencia en Wiwilí, unidad selecta integrada por cien combatientes escogidos, señal clara de la confianza que el jefe supremo depositaba en él.
Juan Pablo Umanzor, por su parte, nació en 1901 en la zona de Las Manos, región fronteriza entre Honduras y Nicaragua, de origen campesino, sin estudios académicos y sin saber leer ni escribir cuando se unió en 1926 a las fuerzas dirigidas por Sandino, lo que no impidió que su talento natural para el combate y su disciplina lo llevaran a ascender dentro de la estructura guerrillera.
Sandino reconoció pronto sus capacidades y el 11 de julio de 1930 le autorizó comandar la columna conocida como “El Pegón”, encargada de hostigar posiciones enemigas en el norte del país y tras acciones militares exitosas fue ascendido el 22 de mayo de 1931 a coronel y el 14 de junio del mismo año a General de Brigada.
Umanzor dirigió la columna número cuatro en los territorios de Nueva Segovia y Madriz, zonas de intensa actividad militar contra fuerzas ocupantes y guardias nacionales, donde consolidó y se ganó la reputación de jefe firme, disciplinado y obediente a la cadena de mando, rasgos que Sandino valoraba más que cualquier alarde, porque sabía que la guerra de liberación dependía de la lealtad interna tanto como del coraje en combate.
El destino selló a ambos generales en la misma página trágica de la historia, el 21 de febrero de 1934 fueron asesinados junto a Sandino tras salir de la Casa Presidencial en Managua, víctimas de la emboscada organizada por la Guardia Nacional bajo órdenes de Anastasio Somoza García y desde entonces sus nombres quedaron unidos como símbolo de fidelidad absoluta, dos hombres distintos en origen pero idénticos en convicción, formados en la lucha y caídos sin traicionar la causa que juraron defender.













