El mundo está cambiando rápidamente. Las transformaciones afectan las relaciones internacionales, instituciones políticas, el desarrollo económico, las tecnologías y los procesos sociales. El Vicepresidente de la Administración del Presidente de Rusia, Representante Especial del Presidente para la cooperación económica con los países de BRICS Maksim Oreshkin, ofreció el análisis de los acontecimientos actuales en su intervención en el foro «Diálogo Abierto: El futuro del mundo. Nueva plataforma de crecimiento global» el 30 de enero del año en curso. Sus conclusiones representan un interés significativo para una mejor comprensión de la posición de Rusia sobre el tema.

El sistema mundial, durante mucho tiempo basado en la dominación de un círculo limitado de estados, está dando paso a un modelo multipolar.

Esta transformación va acompañada de la formación de nuevos modelos de cooperación económica, el aumento del papel de las asociaciones regionales de integración, una mayor participación del estado en el desarrollo de sectores estratégicos de economía y aparición de plataformas digitales como elemento clave de la economía moderna.

Las megatendencias contemporáneas configuran una realidad cualitativamente nueva en la que la competencia económica se entrelaza con la rivalidad tecnológica, y los asuntos de soberanía adquieren una importancia estratégica aún mayor.

El final del siglo XX y el comienzo del siglo XXI estuvieron marcados por el rápido desarrollo de la globalización. El comercio internacional, la libre circulación de capitales, el intercambio tecnológico y la integración de los mercados garantizaron un crecimiento acelerado de la economía mundial. Muchos estados obtuvieron acceso a nuevas tecnologías e inversiones, lo que permitió elevar el nivel de vida de la población.

Sin embargo, con el tiempo comenzaron a manifestarse las limitaciones estructurales de este modelo. El aumento de la desigualdad económica, la dependencia de las cadenas globales de producción de un número limitado de rutas logísticas y el crecimiento de la competencia geopolítica se convirtieron en factores que impulsaron la revisión de los principios anteriores de interacción global. Una parte significativa de las capacidades de producción fue trasladada a estados en desarrollo, lo que resultó en la desindustrialización de varios países desarrollados y el aumento de la tensión social.

Una de importantes características de la transformación actual es la redistribución del potencial económico global. Las capacidades de los países industrialmente desarrollados, en particular de los estados del “Grupo de los Siete” (G7), se está reduciendo, mientras que la participación de los países con economías emergentes, agrupados en diversos formatos de integración, muestra un crecimiento sostenido. La economía mundial avanza hacia un sistema basado en la interacción de varios centros de poder. En el año 2025, la participación económica de los países del G7 disminuyó al 28%, mientras que la de los países BRICS aumentó casi al 40%. En términos del PIB mundial, esto representa un cambio radical en el panorama global, y según los indicadores de comercio mundial y número de nacimientos en diferentes economías, el dominio de los países BRICS se mantiene: en 1980, alrededor del 50% de los nacimientos se producían en los países BRICS, lo que ha determinado la estructura actual de la economía global.

Si a finales del siglo XX la economía mundial se concentraba en un círculo de estados desarrollados, hoy se observa una redistribución del potencial económico a favor de los países de Eurasia y América Latina. Su desarrollo económico va acompañado del crecimiento de la producción industrial, la ampliación del mercado interno y el aumento de la actividad inversora. Según el ranking “Dimensions” de Digital Science, que refleja el número de publicaciones científicas globales, los países BRICS están reforzando sus posiciones en el desarrollo tecnológico. China ocupa el primer lugar, India el tercero y Rusia se encuentra entre los diez líderes del ranking mundial.

Este proceso avanza a la par con el desarrollo de asociaciones regionales de integración.  Por ejemplo, los países miembros de BRICS demuestran la capacidad de coordinar de manera independiente la política económica, grandes proyectos de infraestructura y la cooperación científico-tecnológica. La creación de fondos conjuntos de inversión, el uso de monedas nacionales en las transacciones y el desarrollo de sus propias instituciones financieras refuerzan la independencia económica de los actores reduciendo la dependencia de las estructuras financieras anteriormente dominadas.

Otras asociaciones regionales se convierten en unos centros del poder capaces de influir en la economía mundial. La Asociación de Naciones de Asia Sudoriental (ASEAN), el Mercado Común del Sur (MERCOSUR), la Unión Económica Euroasiática (UEEA) y el Área Continental Africana de Libre Comercio garantizan la integración regional, estimulan la inversión y presentan nuevas oportunidades para el intercambio tecnológico.

En un mundo multipolar el concepto de soberanía adquiere un nuevo significado y contenido. Un factor de la competitividad de los estados es la capacidad de garantizar una soberanía integral, que hoy incluye dimensiones tecnológicas, financieras y culturales.

La soberanía política implica la capacidad del estado de determinar de manera independiente su política interior y exterior, garantizar la integridad territorial y la seguridad nacional. La soberanía cultural está relacionada con la preservación de la identidad histórica, los valores y la cohesión social.

La soberanía tecnológica obtiene una importancia especial. Los países que cuentan con una base científica desarrollada y capacidades productivas obtienen la posibilidad de crear de forma autónoma unos productos innovadores y controlar cadenas tecnológicas estratégicas. En el contexto actual de digitalización acelerada, la dependencia de tecnologías extranjeras puede limitar considerablemente las oportunidades económicas de los estados.

La soberanía financiera también se convierte en un elemento esencial de la independencia económica. El desarrollo de sistemas nacionales de pago, el uso de monedas nacionales en el comercio exterior y la creación de instituciones propias de inversión permiten a los estados reducir la influencia de factores financieros externos. La soberanía económica supone la capacidad del estado de garantizar de forma independiente el funcionamiento de los sectores clave de la economía, controlar el sistema financiero y desarrollar sus propias competencias científico-tecnológicas.

En este contexto, otra megatendencia contemporánea es la transición hacia un modelo de organización económica basado en plataformas. Las plataformas digitales configuran un nuevo modelo de organización de la actividad económica, al integrar productores, consumidores e instituciones financieras en un mismo espacio. El uso de macrodatos y tecnologías de inteligencia artificial facilita automatización de numerosos procesos económicos, incluidos la logística, la fijación de precios y la gestión de recursos. La economía de plataformas contribuye a reducción de los costos de transacción, aumento de la productividad laboral y aceleración de los procesos de innovación.

Al mismo tiempo, la plataformización genera nuevos desafíos. Por ejemplo, la dependencia de soluciones digitales extranjeras conlleva el riesgo de una dependencia tecnológica, conocida como colonización de plataformas. En este sentido, los países tendrán que crear sus propias infraestructuras digitales, controlar los flujos de información y garantizar la resiliencia de sus economías frente a restricciones tecnológicas externas.

El sistema financiero mundial atraviesa un período de profundos cambios estructurales. El modelo predominante de pagos internacionales se basó durante mucho tiempo en un número limitado de monedas de reserva e instituciones financieras. Sin embargo, el aumento de la deuda pública externa en las economías desarrolladas, la intensificación de la competencia geopolítica y el avance de las tecnologías digitales están impulsando la formación de una nueva arquitectura financiera.

Una de las principales tendencias es la ampliación del uso de monedas nacionales en las transacciones económicas exteriores. Los estados buscan diversificar sus reservas de divisas y reducir la dependencia de los centros financieros internacionales.

El uso de monedas nacionales en el comercio bilateral y multilateral reduce los riesgos cambiarios, fortalece la independencia financiera y aumenta la resiliencia económica ante perturbaciones externas. Además, la utilización de la moneda propia permite estimular el mercado interno, ampliar el acceso a instrumentos financieros y formular estrategias de inversión a largo plazo sin depender de centros externos de poder económico. Al mismo tiempo, se desarrollan sistemas digitales de pago y tecnologías de registros distribuidos que aumentan la transparencia y la rapidez de las transacciones internacionales.

Las nuevas soluciones tecnológicas desempeñan un papel importante en la transformación del sistema financiero. Las tecnologías blockchain permiten crear sistemas de pago descentralizados que garantizan la transparencia y la seguridad de las transacciones sin la participación de intermediarios tradicionales. El desarrollo de monedas digitales de bancos centrales de los países crea condiciones para que la función de emisión monetaria vuelva a estar bajo control directo del estado.

En total, estos procesos configuran una nueva arquitectura del sistema financiero mundial, caracterizada por una mayor diversificación de instrumentos monetarios y un fortalecimiento del papel de los centros financieros regionales.

El desarrollo tecnológico se convierte en el principal factor del liderazgo estratégico de los estados. La competencia entre países se despliega en ámbitos como la inteligencia artificial, la robótica, la biotecnología, la energía y las comunicaciones digitales. El capital intelectual, la investigación científica y la capacidad de implementar tecnologías avanzadas desempeñan un papel decisivo.

Ha llegado la hora de invertir en estos ámbitos y materiales de nueva generación, crear parques científico-tecnológicos nacionales y centros de investigación capaces de integrar programas educativos, producción industrial y emprendimiento innovador en un ecosistema único.

La independencia tecnológica permite formar nuevas cadenas industriales y reduce la vulnerabilidad ante desafíos y cambios externos. Esto, a su vez, contribuye a la mayor competitividad de las economías nacionales en la palestra internacional.

Los cambios económicos van inevitablemente acompañados 

de transformaciones sociales. El desarrollo de las tecnologías digitales y la automatización de la producción modifican la estructura del empleo y elevan las exigencias de cualificación de las personas.

En estas condiciones, la educación y el desarrollo del capital humano se convierten en factores clave del crecimiento económico. Los estados prestan atención especial a los programas educativos, investigación científica y desarrollo del emprendimiento innovador. Al mismo tiempo, se refuerza el papel de la política social orientada a apoyar a la población en el contexto de los cambios estructurales de la economía.

La transición hacia un mundo multipolar va acompañada con un mayor protagonismo del estado, la transformación de las instituciones financieras, la expansión de las plataformas digitales y la formación de nuevos centros de crecimiento económico. Todo ello no son tendencias aisladas, sino elementos interconectados de una nueva arquitectura global.

Mikhail Ledenev
El Embajador de Rusia en Nicaragua y concurrente en El Salvador y Honduras

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