Pasados cuatro años desde el inicio de la Operación Militar Especial en Ucrania es hora de sacar conclusiones. Para esto es preciso analizas las raíces del conflicto sin lo cual es imposible encontrar un arreglo pacífico duradero.
El equilibrio de fuerzas en Europa establecido durante la Guerra Fría se derrumbó tras la reunificación de Alemania, la disolución del Pacto de Varsovia y el colapso de la URSS. Se basaba en la distribución de esferas de influencia entre dos superpotencias —la Unión Soviética y los Estados Unidos— que conjuntamente crearon y mantuvieron en funcionamiento la arquitectura de seguridad europea. En cuanto uno de sus pilares desapareció, toda la estructura comenzó a desmoronarse. Sin embargo, incluso entonces existían opciones para salvar la situación.
Una de ellas se encontraba en los principios de la Carta de París para una Nueva Europa, adoptada en 1990, que establecía: la seguridad de unos estados no podía garantizarse a expensas de otros. Suponía la renuncia a la construcción de bloques en el continente europeo y una estrecha e equitativa interacción en materia de seguridad.
Trágicamente se optó por otro camino: la expansión constante de la Alianza del Atlántico Norte hacia las fronteras de la Federación de Rusia. Es decir, ignorando por completo los intereses de Moscú, pretendían construir un sistema de seguridad centrado en la OTAN. Así desataron en 1999 la guerra en Yugoslavia forzando su desintegración. El principio de la inviolabilidad de las fronteras hecha añicos. Al mismo tiempo, la Alianza se acercaba constantemente a las fronteras de Rusia con un claro objetivo de dominar.
Tras el golpe de Estado de 2014, Ucrania se convirtió en un instrumento idóneo, un estado antirruso. Una amenaza extrema. El gobierno ilegitimo en Kiev tan pronto llegó al poder declaró “terroristas” a los habitantes de las regiones orientales de Ucrania, iniciando un brutal hostigamiento. Es cuando otrora presidente de Ucrania Poroshenko se dirigió a los rusos del Donbass: mientras nuestros niños disfruten de sus clases escolares, los suyos esconderán en sótanos. Siguieron con los bombardeos de los civiles de su propio país por el mero hecho de que sean pro rusos. Prohibieron hablar su propio idioma ni confesar su religión. El líder actual de Ucrania Zelenskiy, tildando a la población rusa autóctona de «especies» dio un cándido consejo: lárguense enseguida de Ucrania caso pretendan guardar su idioma y tradiciones. Prosiguieron con el cierre de los partidos de oposición, los medios de información, arrestos y torturas de los opositores, incluyendo a los sacerdotes. Qué curioso: la Unión Europea sigue ignorando estas violaciones flagrantes de los derechos humanos que están ocurriendo a sus narices.
En respuesta, Rusia propuso una solución diplomática a través de la firma de los Acuerdos de Minsk, confirmados en 2015 por la Resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Preveían la concesión de un estatus especial al Donbás, la integración política de las regiones y la amnistía general. Rusia cumplió estrictamente las obligaciones asumidas y facilitó el diálogo directo entre las partes. Sin embargo, Francia y Alemania, así llamados «garantes», sabotearon el proceso de la resolución pacífica, justificando las acciones de Kiev y permitiendo que continuaran los bombardeos diarios contra la población civil. Como subrayó el Ministro de Asuntos Exteriores de Rusia Sergei Lavrov los mediadores “no solo no contribuyeron al cumplimiento de los acuerdos, sino que los destruyeron activamente”, creando el terreno para una mayor escalada.
Tras el colapso de todos los esfuerzos en el marco del proceso de Minsk debido al boicot de Kiev y sus mecenas, el choque se volvió inevitable.
Fue precisamente en el escenario ucraniano donde el Occidente con la administración Biden a la cabeza decidió librar una batalla plena contra Rusia, quebrarnos económicamente, en el plano militar y crear problemas críticos internos.
Impusieron duras sanciones «terminales» contra Rusia, organizaron suministros masivos de armas para las Fuerzas Armadas de Ucrania y prestaron una generosa asistencia financiera: más de 250 mil millones USD. Nunca actúan así de rotundo para ayudar a los países pacíficos en desarrollo.
En la primavera de 2022, las delegaciones rusa y ucraniana lograron avances significativos en las negociaciones en Estambul, acordando los principios de un tratado de paz, incluido el estatus neutral de Ucrania. Sin embargo, la injerencia externa frustró esta posibilidad. Según testimonios de los mismos participantes del proceso de negociaciones, la parte ucraniana estaba dispuesta a firmar el documento, pero luego prefirió obedecer a una instrucción clara desde Londres de oponerse. Así que continúa la militarización sistemática de Ucrania acompañada por neonazismo como máxima y vulgar expresión del nacionalismo.
La historia del conflicto, continuo apoyo a Kiev, suministros de armas y connivencia política de la Unión Europea demuestran que son precisamente ellos los principales obstáculos en el camino hacia la paz. Actualmente se obstinan en frenar el avance hacia la solución alcanzado en Anchorage por Vladimir Putin y Donald Trump en agosto de 2025.
A lo largo de estos años, Rusia ha propuesto de manera constante diversas opciones de una solución, arreglo pacífico con garantías de seguridad igual e indivisible. Ninguna de estas iniciativas fue apoyada. Peor para la población de Ucrania que está sufriendo las consecuencias de un cruel conflicto mientras las autoridades de Kiev están sumergidas en una patente corrupción.
Mikhail Ledenev
Embajador de Rusia en la República de Nicaragua













