El planeta vive otra vez bajo la sombra de una pregunta que viene recorriendo generaciones, ¿guerra o paz?, una disyuntiva que influye en las decisiones de los gobiernos, en el despliegue de sus fuerzas militares, así como en las decisiones estratégicas diplomáticas que hoy condicionan el equilibrio mundial, y que se convierte en una tensión visible cada vez que el escenario global entra en una fase de confrontación y obliga a los Estados a definir su posición frente al riesgo de una escalada.

Seamos honestos y no pretendamos maquillar la sangre, la guerra contemporánea en nada se parece a la que cuentan los libros de historia, hoy no se libra solo con tropas y tanques, también se combate con satélites, bloqueos financieros, campañas de desinformación y presión tecnológica, drones de vigilancia y de ataque, misiles balísticos y de crucero, sistemas hipersónicos, artillería de precisión, arsenales nucleares, armas químicas prohibidas por tratados internacionales, flotas navales equipadas con destructores y portaaviones, submarinos de propulsión nuclear.

Capaces de operar durante meses bajo el agua, y prosigo, defensas antimisiles, guerra electrónica y unidades cibernéticas especializadas e insisto, los frentes ya no son únicamente geográficos, existen campos de batalla invisibles donde se disputan energía, comunicaciones, petróleo, recursos naturales y estabilidad económica.

A eso se suma el riesgo de que se activen los arsenales modernos de las grandes potencias, concebidos como sistemas estratégicos de disuasión cuya utilización implicaría una escalada inmediata del conflicto mediante dispositivos militares preparados para responder ante amenazas y diseñados para actuar con rapidez en situaciones de crisis, lo que constituye una capacidad que, lejos de contener por sí sola las tensiones, puede agravarse si llega a ponerse en marcha, convirtiendo cualquier confrontación en una realidad de consecuencias mucho más amplias y difíciles de controlar.

Los estrategas saben que ningún conflicto actual es verdaderamente focalizado, las alianzas militares, los tratados de defensa mutua y la interdependencia económica hacen que cualquier choque armado tenga potencial de expansión, porque lo que pudo haber comenzado como una confrontación particular puede escalar por efecto dominó y arrastrar a actores que inicialmente no estaban involucrados.

El daño humano sigue siendo el centro del problema, ninguna tecnología militar ha logrado eliminar el sufrimiento civil, al contrario, el crecimiento poblacional en el planeta ha vuelto a los ciudadanos más vulnerables, las guerras modernas también los afectan a ellos, mientras los líderes políticos se excusan afirmando que solamente se trató de daños colaterales.

Los conflictos armados no solo dejan muertes y destrucción material, también generan impactos económicos de gran alcance porque elevan el precio del petróleo y del gas, alteran las transacciones internacionales, afectan exportaciones e importaciones, tensionan los mercados energéticos y financieros y reducen la inversión, mientras los recursos públicos se desvían hacia la industria armamentística, lo que provoca desequilibrios que se extienden más allá del territorio donde estalla la confrontación.

El mayor peligro no siempre es la intención de iniciar un enfrentamiento como los que ya estamos viviendo, sino la incapacidad de detenerlo una vez iniciado, la historia muestra que muchas guerras comenzaron con objetivos claramente definidos y después terminaron convirtiéndose en un reguero de pólvora que nadie logró controlar completamente.

En ese contexto, la diplomacia funciona como un instrumento de contención y control de daños dentro del sistema internacional, las negociaciones entre Estados, los teléfonos rojos de comunicación y los mecanismos multilaterales han servido en distintos momentos para frenar la ampliación del conflicto y abrir espacios de diálogo que permitan encaminar acuerdos orientados a reducir la confrontación, es por eso que su activación depende de las decisiones políticas adoptadas por los Estados involucrados.

Las grandes potencias cargan sobre sus hombros una responsabilidad particular, su capacidad militar y su peso económico las convierten en actores determinantes para frenar o darle rienda suelta a la guerra.

Cuando optan por la contención el sistema internacional tiende a estabilizarse, y cuando eligen la confrontación el impacto se multiplica en todo el planeta.

Y sobre este contexto bélico, el Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional de Nicaragua manifestó este pasado 01 de marzo, mediante un pronunciamiento en el que hizo un llamado directo, paz, paz, paz, ante los hechos trágicos que se han venido desencadenando en la República Islámica de Irán y en toda la región de Oriente Medio, condenó todas las formas de guerra, pidió mantener un diálogo sostenido con negociaciones bien intencionadas y eficaces que pongan fin a la catástrofe, y expresó sus condolencias al Gobierno y al pueblo de Irán por el martirio de su pueblo y del Ayatolah, reiterando desde Managua la urgencia de paz y la solidaridad con las familias que sufren en todas partes del mundo.

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