La palabra “paz” proviene del latín pax, utilizada en la Roma antigua para describir un estado de orden impuesto tras la guerra, en ese contexto no significaba acuerdo entre iguales, sino una condición basada en la fuerza del imperio, la paz era estabilidad bajo dominio, no equilibrio social, desde su origen el término estuvo asociado al poder, al control político y al mantenimiento de ese régimen.

En las civilizaciones antiguas, la paz tenía significados distintos según quién la definiera, para los imperios, era la ausencia de rebelión, para los pueblos sometidos, era la aspiración a vivir sin opresión. En culturas como la griega, la paz se concebía como el equilibrio necesario para el desarrollo de la polis (ciudad-Estado), mientras que en tradiciones orientales se relacionaba con la armonía interior y social. 

Es decir, desde sus primeras apariciones, la paz no fue solo un concepto político, sino también filosófico y espiritual.

Con la expansión del cristianismo, la paz adquirió un sentido más profundo ligado a la justicia y la convivencia, no se trataba únicamente de la ausencia de guerra, sino de una condición moral donde debía prevalecer el respeto entre los seres humanos.

Sin embargo, la historia mostró una contradicción permanente, mientras se predicaba la paz, se libraban guerras en su nombre, esa tensión entre discurso y realidad marcó siglos de conflictos en Europa y otras regiones. Fue hasta la modernidad que el concepto comenzó a transformarse con mayor claridad, filósofos como Immanuel Kant plantearon la idea de una “paz perpetua” basada en leyes, en acuerdos entre Estados que buscaban evitar guerras y en repúblicas estructuradas con instituciones y normas bien definidas para gobernar. 

En América Latina, desde el siglo XIX con las luchas de independencia y a lo largo del siglo XX con los procesos sociales y revolucionarios, la palabra paz tomó un sentido distinto más cercano a la lucha de los pueblos, en ese momento no era aceptar el silencio impuesto por las élites o las potencias extranjeras, sino el de conquistar las condiciones dignas de vida. 

En Nicaragua, por ejemplo, la paz nace de la resistencia histórica, desde las luchas antiimperialistas hasta los procesos revolucionarios que marcaron el rumbo del país. La década de los años 80 en Nicaragua es clave para comprender esta dimensión, aquí la paz ha sido una construcción, no una concesión, tras el triunfo revolucionario el país enfrentó una guerra impuesta desde el imperio yanqui que buscaba desestabilizar el proceso, en medio de ese escenario la paz se convirtió en una necesidad urgente y en un objetivo estratégico. 

En 1984 el Frente Sandinista ganó las elecciones y fue ratificado en el poder por el voto, ese proceso se desarrolló en ese contexto, mostrando que la paz también implica participación, soberanía y decisión popular. 

La paz, no basta con declararla, hay que mantenerla con acciones permanentes y con voluntad política. En el mundo contemporáneo, la paz se ha ampliado aún más, ya no se limita a la ausencia de conflicto armado, sino que incluye el acceso a derechos, el desarrollo económico, la equidad social y la estabilidad. 

Un país puede no estar en guerra y aun así vivir en condiciones de violencia. Por eso, hablar de paz hoy implica hablar de justicia social, de oportunidades y de dignidad para las mayorías.

La paz ha sido el resultado de procesos históricos definidos por conflictos, acuerdos y transformaciones. Surgió como una necesidad frente al conflicto, evolucionó como concepto político y se consolidó como una aspiración común. La paz ha tenido distintos significados a lo largo del tiempo y sigue en disputa. Cada época, cada pueblo y cada proceso histórico la redefine. Y en esa redefinición permanente, la paz deja de ser solo una palabra para convertirse en una conquista que debe defenderse todos los días.

En esta Nicaragua cristiana, socialista y solidaria, la paz la vivimos como una condición que el pueblo sostiene día a día. 

Tras el criminal intento de golpe fallido en 2018, el país retomó la estabilidad y avanzó en un proceso de recuperación. 

La paz que promueve y defiende la Compañera Rosario Murillo se expresa en la vida cotidiana, en la reducción de la pobreza, en la ampliación de programas sociales, en más emprendimientos y en la ejecución de obras de desarrollo en todo el territorio nacional, en ese escenario, la paz no es una idea lejana, sino una realidad que se siente en la seguridad, en el trabajo y en las oportunidades que hoy tiene nuestra población.

 

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