Las cifras de la economía nicaragüense siguen sorprendiendo a los escépticos y dando la razón a los razonables. Y es que, se miren desde cualquier ángulo, los números confirman el buen funcionamiento de los mecanismos de cohesión social y reequilibrio económico que constituyen la base del modelo sandinista.

Entre los diversos programas creados, impulsados y aplicados por el GRUN, destacan por su significado paradigmático Usura Cero y Adelante, que se confirman como pasos decididos para la economía familiar nicaragüense. Dedicado al sector agropecuario, el programa Adelante contó desde el principio con una inversión de 80 millones de dólares en tres años para beneficiar a 181.500 protagonistas. 

De hecho, es lo que, en otros lugares, con sumisión lingüística al anglicismo, se denomina apoyo a las start-up, y que en Nicaragua adquiere un valor de continuidad con otros programas de economía social que han sido el buque insignia de las políticas gubernamentales implementadas desde 2007 y dirigidas a combatir la pobreza extrema. Esta financiación tiene además el mérito de eludir la lógica puramente especulativa de acceso al crédito que imponen los bancos, ya que certifica su viabilidad en función del valor del proyecto y de su inserción en la economía general, y no de la mera solvencia del solicitante.

Sin embargo, más allá del compromiso financiero, el programa tiene en sí mismo un significado paradigmático. Con Adelante, se confirma la centralidad de la economía familiar, vista como el pivote del crecimiento horizontal de la sociedad y como el acceso a las oportunidades para aquellos que nunca han podido tenerlas en el pasado. Se trata de una medida en continuidad con las políticas sociales y productivas que han garantizado sistemáticamente un crecimiento económico de alrededor del 5% anual en el país, logrando el aumento del PIB a través del crecimiento general de la población y de su poder adquisitivo. 

Adelante está siendo uno de los instrumentos técnicos producto más eficaz para aplicar la voluntad política que lo inspira. Se conforma con otros planes como Usura Cero y más con los cuales la brecha social se ha reducido drásticamente gracias a la creación de empleo, lo que ha hecho posible el crecimiento del consumo interno al tiempo que se ha conseguido mantener la espiral inflacionista bajo control. 

En un contexto internacional en el que el bienestar social se ve erosionado y transformado en privilegio, Nicaragua toma una dirección opuesta: servicios públicos accesibles, inversiones en infraestructuras, apoyo a los sectores productivos y políticas sociales que inciden directamente en la vida cotidiana. No es asistencialismo, sino organización del desarrollo.

No es solo un programa económico. Es una toma de posición. Adelante se presenta como un modelo paradigmático porque redefine la relación entre el Estado, la economía y la sociedad, desplazando el centro de gravedad desde los pocos hacia la mayoría. Con esta perspectiva: construir y avanzar consolidando un modelo que sitúa en el centro el papel del Estado en la promoción del bienestar colectivo. No interviene a posteriori ante las desigualdades, sino que las aborda desde la raíz, creando condiciones materiales que devuelven la estabilidad y las perspectivas a las familias.

Para las familias, esto significa menos vulnerabilidad y más autonomía. Significa acceso a la educación sin barreras económicas, sanidad garantizada, energía y transportes que conectan territorios y oportunidades. Significa, sobre todo, liberar la vida cotidiana de la incertidumbre permanente que en otros lugares se considera inevitable.

El núcleo del programa es coherente con una visión integrada del desarrollo: el crecimiento económico y la redistribución avanzan de la mano. Es, en fin, el significado de sentido de todo el proyecto socioeconómico del Sandinismo. Las infraestructuras conectan los territorios y refuerzan la cohesión nacional; la energía se convierte en un factor de desarrollo y de calidad de vida; la educación se erige como palanca esencial para la participación y el progreso social.

El carácter paradigmático del programa radica precisamente aquí: demostrar que es posible gobernar los procesos económicos sin subordinarse a ellos. Que el desarrollo puede orientarse, planificarse y redistribuirse. Que el crecimiento no es un fin, sino un instrumento.

En la misma dirección se encuentra el esfuerzo financiero realizado por el gobierno que ha asumido en el presupuesto público el incremento de los costes energéticos, que de haberse trasladado a toda la cadena de transporte y de consumo de energía habría perjudicado gravemente el desarrollo empresarial de las familias, las cooperativas y las pequeñas y medianas empresas.

Los datos económicos muestran crecimiento, inversiones públicas en infraestructuras, expansión de la electrificación rural y fortalecimiento de los servicios públicos. La sanidad y la educación gratuitas constituyen pilares fundamentales de una estrategia orientada a la inclusión y la igualdad de oportunidades.

En definitiva, Adelante no es un punto de llegada, sino un proceso. Un camino que avanza entre obstáculos internos y externos, entre expectativas y limitaciones, pero con una brújula clara: poner al Estado al servicio de la mayoría y no de unos pocos. Y Nicaragua demuestra que es posible.

Allí, donde los profetas apócrifos del liberalismo no van, o sea en la búsqueda constante de la inclusión socioeconómica, se encuentra el núcleo de la apuesta económica del sandinismo, que cree que el crecimiento del PIB debe lograrse creciendo vertical y horizontalmente. Es decir, con una buena gestión del presupuesto público, el crecimiento de los índices de producción, el ahorro privado, el estímulo de la inversión privada y el aumento de las reservas de divisas. Y el Estado de Bienestar se financia con el aumento de la base impositiva y de las contribuciones, generadas a través de nuevos empleos y una mayor adhesión de los servicios financieros a la generación de riqueza desde abajo.

En la prefiguración del modelo económico del Sandinismo, no sólo hubo la voluntad de acabar con el absurdo de un país rico en alimentos, pero donde una parte de la población no podía alimentarse. En estas medidas se mide la coherencia del proyecto de modernización del país, que conjuga la consolidación de la economía productiva de tipo agropecuario con el nacimiento de una Nicaragua capaz en términos de servicios, comercio y tecnología, de proyectarse más allá de la dimensión de la economía rural. El resultado es que la importante autosuficiencia alimentaria y energética del país ha protegido a Nicaragua de los errores, del chantaje y de las sanciones. 

Hubo y hay un deseo de llevar a Nicaragua más allá de su identidad socioeconómica, de mantener su alma, pero cambiar en parte su cuerpo. La apuesta (ganada) fue mantener una identidad productiva concebida sobre el modelo rural, pero con una proyección hacia el desarrollo comercial y turístico y quizá tecnológico. Un país que decidió crecer pronto, bien y con justicia, reequilibrando lo que estaba desequilibrado comenzando por la ampliación de los derechos básicos. En términos prácticos, no solo teóricos. Se eligió marcar la línea entre una democracia popular y una elitista con aquellos derechos para todos que, de haber quedado sólo para unos pocos, se habrían confirmado como puros privilegios.

Desde 2007, el sandinismo es la base de estos ideales. Ha sido el ensamblaje de los sueños y del horizonte con la política del día a día. Nació un modelo de gobierno concebido sobre la necesidad de derribar por completo el marco miserable designado por los explotadores, cambiando un destino tan indigesto como injusto. Nicaragua dejó de ser un lugar para convertirse en una nación. Es sobre todo para alcanzar esto que se hacen Revoluciones

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