RÓMULO ABAD, EL HOMBRE QUE HIZO DE LA LEALTAD UNA FORMA DE VIDA
La partida de Rómulo Abad deja un vacío profundo en la vida pública y privada panameña. Abogado, político, exdirigente estudiantil, consejero, amigo leal y hombre de familia, Abad falleció el 11 de mayo de 2026 a los 73 años, dejando tras de sí una trayectoria marcada por la nobleza, la lealtad y una extraordinaria capacidad para cultivar relaciones humanas genuinas. Nació el 10 de julio de 1952, dedicó buena parte de su vida al servicio público, al ejercicio del derecho y, sobre todo, a las personas que lo rodeaban.
Quienes lo conocieron coinciden en que Rómulo Abad poseía una sensibilidad poco común para comprender a los demás. El expresidente Ernesto Pérez Balladares lo describió como un hombre con “gran capacidad para comprender las diversas situaciones y leer a las personas”, una cualidad de la que nacían “su nobleza y su disposición a siempre querer ayudar”. Para Pérez Balladares, la auténtica nobleza y lealtad de Abad fueron rasgos permanentes tanto en el plano personal como en el profesional, virtudes que quedaron grabadas después de décadas de amistad incondicional.
Su historia pública comenzó desde muy joven. Durante sus años en la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá destacó como dirigente estudiantil y desarrolló una temprana vocación por la política y el servicio. Federico Alfaro Boyd, presidente de este diario, recordó que Abad fue “abogado de carrera y político como pocos”, pero señaló que su verdadera hazaña trascendió los cargos y las posiciones públicas. “Su mayor logro fue construir relaciones humanas genuinas a lo largo de décadas —con presidentes, colegas y amigos de toda la vida—. Eso no lo logra cualquiera”, afirmó.
Más allá de sus responsabilidades profesionales, quienes compartieron con él evocan a un hombre presente, cercano y profundamente humano. Alfaro Boyd relató que Abad aparecía en los momentos difíciles sin necesidad de ser llamado, siempre dispuesto a escuchar, aconsejar y acompañar. “Compartimos momentos inolvidables alrededor de una buena mesa, con buena música de fondo. Era un hombre que sabía vivir y que hacía que los que estaban a su lado también lo disfrutaran”, recordó.
Ese sentido humano también fue destacado por el abogado Carlos Carrillo, quien conoció a Abad en 1974, cuando ambos coincidieron en la Facultad de Derecho. Desde entonces compartieron décadas de amistad y colaboración profesional. Carrillo lo definió como “un hombre de amigos y de familia”, profundamente dedicado a su esposa María Carolina y a sus hijos Michelle, Diana y Daniel. “Siempre conté con Rómulo Abad como persona y como amigo”, expresó.
Quienes lo trataron de cerca coinciden en que poseía una personalidad singular: firme en sus convicciones, pero tolerante y generoso con quienes pensaban distinto. Carrillo recordó que Abad siempre actuó guiado por valores sólidos y por una permanente disposición de ayudar. “Cada vez que él podía ayudar a alguien, yo lo vi ayudar y aportar siempre en positivo”, dijo. Y concluyó con una frase sencilla y contundente: “Ha muerto un buen hombre”.
Su sentido del humor también formaba parte inseparable de su esencia. Alfaro Boyd destacó que Abad tenía “una forma de ver la vida que aligeraba cualquier situación” y que era un conversador extraordinario, especialmente cuando hablaba de política panameña, tema que conocía con profundidad y pasión. Esa combinación de inteligencia, cercanía y humor le permitió ganarse el respeto de distintas generaciones y sectores de la sociedad.
La noticia de su fallecimiento generó numerosas muestras de afecto. El expresidente Ricardo Martinelli escribió en sus redes sociales: “Anoche Dios llamó a su lecho al gran hermano Rómulo Abad. Él era un amigo verdadero, tal como es la sangre, que siempre acudía a la herida sin esperar que lo llamaran”. La frase resume uno de los rasgos más repetidos entre quienes hoy lamentan su partida: su capacidad de estar presente, de acompañar y de sostener a otros en silencio y con lealtad absoluta.
Sin embargo, para quienes lo quisieron más de cerca, el legado más importante de Rómulo Abad no se encuentra únicamente en su trayectoria pública ni en las relaciones que construyó a lo largo de los años. Está en su familia. Ernesto Pérez Balladares afirmó que su mayor legado son “sus tres excelentes hijos, formados como profesionales honestos y serios conjuntamente con su esposa, una ejemplar mujer”. Sus hijos representan, para quienes lo conocieron, el reflejo más claro de sus valores, de su disciplina y de su sentido de responsabilidad.
Rómulo Abad deja una huella profunda en la memoria de Panamá. Deja amigos que hoy lloran su ausencia, colegas que reconocen su integridad y una familia que fue el centro de su vida. Queda el recuerdo de un hombre que entendió el poder de la amistad, que practicó la lealtad sin condiciones y que nunca perdió la calidez humana.













