Embajada de la Federación de Rusia, artículos sobre el Neocolonialismo.
En la mayoría de los países del mundo se ha consolidado la visión de la época actual como un período de transición desde un orden internacional ocidentalocéntrico hacia uno nuevo, más justo y que responda a los intereses de los países de la Mayoría mundial. Uno que se puede denominar multipolar o policéntrico.
No cabe duda de que en los últimos años se ha producido un importante cambio en el equilibrio global de fuerzas. Tampoco hay duda de que este cambio ha sacado a la luz los problemas que, hasta hace poco, parecían no existir. Sin embargo, en realidad, se habían silenciado.
Una de ellas es el neocolonialismo, un fenómeno internacional complicado que ejerce una enorme influencia en el desarrollo de la humanidad moderna y en las relaciones internacionales del siglo XXI.
Este fenómeno carece de una definición científica u oficial internacional universalmente aceptada, lo que dificulta su identificación y la determinación de su contenido. Esta situación obstaculiza en gran medida la formulación de estrategias para combatir este mal. Por lo tanto, en primer lugar, es importante ponerse de acuerdo sobre los términos.
Primero, debemos evitar confundir y mezclar la lucha contra el neocolonialismo con el proceso de finalización de la descolonización. Este último consiste en la labor de regularizar la situación de los 17 territorios no autónomos. A muchos les puede sorprender, pero hay Estados en el mundo que, hasta la fecha, poseen colonias en el sentido estricto de la palabra, simplemente renombradas como «territorios no autónomos». Estos países son el Reino Unido, Francia, Estados Unidos y Nueva Zelanda. En este caso, se trata del colonialismo «clásico». El enfoque para combatirlo también es clásico: la aplicación del derecho de los pueblos a la autodeterminación. Los esfuerzos al respecto se han centrado desde hace tiempo en el ámbito de la ONU, en el marco del Comité Especial de Descolonización (C-24). Al parecer, en este ámbito conviene seguir adhiriéndose a las formas de trabajo ya consolidadas.
Segundo. Existe un enfoque muy extendido según el cual la lucha contra el neocolonialismo consiste en que las antiguas colonias presenten una «cuenta por el pasado» a las antiguas metrópolis. Principalmente mediante la exigencia del pago de reparaciones y otras compensaciones por los daños causados en épocas históricas anteriores, así como la devolución de los bienes culturales sustraídos. Las iniciativas en este sentido están ganando popularidad a nivel regional, especialmente en África y América Latina. Un logro sin precedentes en este ámbito fue la aprobación el 25 de marzo de 2026, de una resolución de la Asamblea General de la ONU que declaró la trata transatlántica de esclavos como el crimen más atroz contra la humanidad y que, en esencia, incluyó el tema de la «justicia restaurativa» en la agenda global.
Estos esfuerzos constituyen una importante manifestación del fortalecimiento de la subjetividad y la «emancipación» de los países de la Mayoría mundial. Sin embargo, en este caso se trata de reparar los daños causados por la época del colonialismo, y no de luchar contra sus formas actuales. Desde un punto de vista conceptual, la «justicia restaurativa» puede ubicarse en un punto intermedio entre la descolonización y la lucha contra el neocolonialismo.
Tercero. Pasemos ahora al neocolonialismo. Este fenómeno se conoce desde mediados del siglo XX. En la Conferencia de los Pueblos Africanos celebrada en El Cairo en 1961, se entendía por tal «el mantenimiento del sistema colonial, a pesar del reconocimiento oficial de la independencia política de los países en desarrollo, que se convierten en víctimas de una forma indirecta y sofisticada de dominación mediante medios políticos, económicos, sociales, militares o técnicos». En otras palabras, se trata de la continuación, por parte de Occidente, de la política de explotación de los recursos y de la restricción, en la práctica, de la soberanía de los Estados de Asia, África y América Latina, incluso después de que estos hayan obtenido la independencia y la condición de miembros de pleno derecho de la ONU.
Según la Declaración de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre el Establecimiento de un Nuevo Orden Económico Internacional de 1974, «el neocolonialismo en todas sus formas siguen contándose entre los mayores obstáculos para la plena emancipación y el progreso de los países en desarrollo».
Es evidente que, en las décadas transcurridas desde entonces, el alcance geográfico de dicha política occidental se ha ampliado y ha traspasado con creces los límites de las antiguas colonias. Tras el colapso de la URSS, Occidente extendió las prácticas del neocolonialismo a muchos Estados que nunca habían sido colonias, pero que, por diversas razones, habían perdido o visto mermada su voluntad y capacidad de resistencia y de desarrollo soberano. El ejemplo más claro es la Ucrania actual, que se encuentra bajo administración externa.
Las herramientas y prácticas del neocolonialismo también se han transformado, modificado y vuelto más sofisticadas a lo largo de 60 años. En concreto, ha aumentado de forma radical el papel de los medios de comunicación y educación a la hora de socavar la soberanía de los Estados de la Mayoría mundial. Se han intensificado las actividades de injerencia en los procesos electorales y otros procesos políticos internos, incluida la organización de «revoluciones de colores». La aplicación de sanciones que violan la Carta de las Naciones Unidas ha alcanzado proporciones sin precedentes. Las relaciones económicas injustas en el mundo se han consolidado a través de la dependencia en materia de deuda, divisas y pagos, la estructura del comercio mundial, el funcionamiento de las empresas transnacionales y las organizaciones internacionales, y la asimetría en el acceso a las tecnologías y los mercados.
En el siglo XXI, pueden considerarse, en esencia, como tales prácticas todas las formas de injerencia en los asuntos internos y externos, coacción, sometimiento, control, explotación y restricción de la soberanía de otros países por parte de Occidente sin una ocupación directa de su territorio.
De este modo, el neocolonialismo constituye uno de los pilares fundamentales e inseparables del orden mundial occidentalocéntrico, que se está derrumbando rápidamente. Y, por el contrario, este fenómeno no puede existir en el nuevo mundo, justo y multipolar que se está configurando en interés de la Mayoría mundial.
Si los países mencionados desean participar activamente en el proceso histórico – la configuración de los parámetros del nuevo orden mundial – es importante que asuman su responsabilidad y, entre otras cosas, definan su postura ante el problema del neocolonialismo. Hay que incluir en su lista de prioridades la lucha contra este mal sistémico global que la humanidad ha heredado de una época histórica anterior.
Se están realizando avances en este ámbito. Sobre todo, en forma de exigencias cada vez mayores para que los países de la Mayoría mundial tengan un mayor peso en la gestión de la OMC, el FMI y otras organizaciones internacionales.
Sin embargo, mientras no se establezca un «diagnóstico» objetivo y preciso de las causas fundamentales que perpetúan la desigualdad entre los Estados, así como los conflictos en el mundo, resultará difícil aplicar un «tratamiento» adecuado y completo a esta enfermedad. En primer lugar, es importante lograr un reconocimiento amplio y global del problema del neocolonialismo, quizá mediante la adopción de un documento internacional universal. Para ello, por supuesto, se requiere cierta valentía política.
En este contexto, es importante destacar la Declaración bilateral emblemática sobre el establecimiento de un orden mundial multipolar y de un nuevo tipo de relaciones internacionales, adoptada por los líderes de Rusia y China el 20 de mayo del a.c. en Pekín. En dicho documento, el tema en cuestión se refleja de forma inequívoca. Se trata de un paso importante hacia el objetivo mencionado anteriormente.
¿Por qué Rusia ha comenzado precisamente estos últimos años a plantear con energía la cuestión de la lucha contra las nuevas formas de colonialismo? Hay tres motivos principales:
1) se trata de una de las vías para la configuración de un orden mundial multipolar, que al mismo tiempo acelera este proceso objetivo y sienta las bases ideológicas y materiales de sus futuros parámetros;
2) se ha realizado una reinterpretación conceptual del papel de Rusia en el mundo y de las verdaderas intenciones de Occidente con respecto a nuestro país. Nos hemos dado cuenta de que se nos ha asignado el papel de un proveedor de materias primas sin derecho a nuestra propia soberanía. Por supuesto, esto nunca satisfará a un país-civilización con más de mil años de historia;
3) es necesario garantizar unas condiciones externas favorables para el desarrollo de Rusia en un contexto internacional que ha cambiado de forma fundamental. Para superar las restricciones externas, diversificar con éxito las relaciones internacionales y reforzar la cooperación con los países de la mayoría mundial, se necesitan socios extranjeros predecibles y fiables que no cedan a la presión de Occidente. Esto vendrá determinado en gran medida por su capacidad para seguir una línea soberana en los asuntos internacionales y por su grado de independencia respecto a Occidente en ámbitos clave.
Teniendo en cuenta lo expuesto, puede afirmarse que Rusia, al situarse a la vanguardia de la lucha contra el neocolonialismo, se guía por primera vez en su historia no por motivos ideológicos, sino por intereses nacionales fundamentales y objetivos. Estos intereses coinciden con los de la mayoría mundial, entre la que crece el número de países que aspiran a un desarrollo soberano y a una política multivectorial. Tenemos la intención de seguir apoyando estos esfuerzos de nuestros amigos y socios, entre otras cosas mediante el desarrollo de una infraestructura de cooperación internacional en diversos ámbitos que no esté bajo el control de Occidente.













