Ante el creciente distanciamiento entre Europa y Estados Unidos en torno a la gestión del expediente ucraniano y a la exigencia de elevar el gasto militar hasta el 5 % del PIB para mantener en pie tanto a la OTAN como a la economía estadounidense, cabía esperar que la reciente cumbre de Estambul propiciará un reajuste que, sin embargo, nunca llegó. El debate fue cuidadosamente evitado en una reunión que terminó siendo la más breve organizada en la historia de la Alianza.
La reafirmada unidad de fachada ocultó las diferencias de intereses entre sus treinta y dos miembros, aunque difícilmente podía haber sido de otro modo. Por muy distintas que sean las prioridades y los objetivos de cada uno de ellos, la centralización del mando bajo liderazgo estadounidense no admite modificaciones y obliga a todo Occidente a mantener una imagen de cohesión. En el plano estrictamente militar - aunque hoy resulta cada vez más difícil separar este ámbito del político y del económico dentro del nuevo modelo de guerras híbridas de cuarta y quinta generación - no surgieron novedades sustanciales. Rusia continúa siendo definida como un «enemigo estratégico», y su derrota militar sigue constituyendo el objetivo sobre el que deben articularse, sin excepción, las políticas generales de los países de la Alianza.
Ucrania ha sido elegida como el escenario del primer enfrentamiento militar con riesgos de alcance global. La guerra de la OTAN contra Rusia ya no admite dudas y, dado que una derrota rusa sobre el terreno resulta impensable, los escenarios contemplan únicamente dos hipótesis: una irrealizable y otra engañosa.
La primera consistiría en un acuerdo que «respete la integridad territorial de Ucrania», es decir, que obligue a las tropas rusas a retirarse de los territorios conquistados. No existe posibilidad real de que prospere, porque para Moscú supondría una derrota política luego de una victoria militar.
La segunda contempla una retirada parcial y un acuerdo de alto el fuego similar al armisticio coreano. Podría parecer una solución razonable, pero, al igual que ocurrió con los Acuerdos de Minsk, sin un compromiso firme de que Ucrania no ingresará en la OTAN, únicamente serviría para conceder tiempo a Kiev para rearmarse y reconstruir sus capacidades militares.
Para Ucrania se prevé además un papel como centro operativo internacional de las futuras operaciones de guerra global. Se considera que la experiencia acumulada durante estos años de conflicto con Rusia posee un enorme valor táctico y operativo, y que el odio ideológico hacia Moscú puede convertirse en un detonante de primer orden para combatir la presencia rusa en cualquier parte del mundo.
El Strategic Concept de la Alianza sigue expresando, en cualquier caso, una estrategia que consiste en desplazar gradualmente el centro de las operaciones de la OTAN y su correspondiente dirección política hacia los países de Europa más marcadamente impregnados de un revanchismo rusófobo, como Polonia y los Estados bálticos, incorporando además a Ucrania, Rumanía y Moldavia como primeras líneas de ataque y asignando a Londres la coordinación operativa, aunque la dirección estratégica seguiría permaneciendo en manos de Estados Unidos.
El académico ruso Dmitry Trenin escribió en RT que «la estrategia de las élites europeas respecto a Moscú ya no tiene que ver con la disuasión, como ocurría durante la Guerra Fría; su objetivo es la destrucción de Rusia como potencia global». Según Trenin, el sueño europeo consiste en alcanzar una «solución final al problema ruso», de modo que ese país deje de representar «un factor en la geopolítica euroasiática».
No obstante, Trenin advierte de que las fantasías europeas seguirán siendo precisamente eso: fantasías. Su ilusión descansa en «un error de cálculo según el cual Moscú aceptaría la derrota, la humillación y la desintegración antes que recurrir al arsenal del que dispone». Un arsenal que «no se limita a las armas nucleares», aunque las provocaciones de la OTAN podrían empujar la situación hasta un punto en el que esas armas acabarán siendo empleadas». En otras palabras, Europa sigue confundiendo la paciencia estratégica del Kremlin con impotencia y sumisión, pero ese cálculo parece peligrosamente equivocado y cargado de riesgos existenciales para todo el continente.
Por ello, el llamado “elefante en la habitación” sigue siendo la misma pregunta: ¿qué harán Estados Unidos si estalla un enfrentamiento abierto en el escenario europeo? ¿Al no haber podido ganar a Afganistán o a Irán, podrían ganar a Rusia? ¿Permanecerán como espectadores o intervendrán aun sabiendo que ello provocaría una respuesta rusa directamente sobre territorio estadounidense?
Socios, más que amigos
La cumbre, que aparentemente redujo los motivos de fricción entre los treinta y dos miembros de la Alianza, reafirmó que la misión histórica de la OTAN permanece inalterada y sigue respondiendo a dos principios fundacionales: el dominio occidental sobre el mundo y el dominio estadounidense sobre Occidente.
Washington, como es bien sabido, además de considerar indispensable un sistema internacional que garantice su propia seguridad y sus intereses estratégicos, encuentra también en la OTAN una utilidad económica evidente, ya que el aumento de las tensiones internacionales impulsa un crecimiento generalizado del gasto militar. Si para la mayoría de los países ese incremento supone desviar recursos públicos en detrimento del Estado del bienestar, para Estados Unidos constituye uno de los motores esenciales de la estabilidad de su propio sistema económico.
El core business original de la OTAN fue la construcción de un bloque militar concebido como cinturón de seguridad internacional de Estados Unidos y de sus intereses globales. La narrativa según la cual la OTAN sería el mecanismo mediante el cual Estados Unidos garantiza la integridad territorial y política de Occidente es falsa. En realidad, siempre ha sido - y continúa siendo - el instrumento mediante el cual el conjunto de Occidente protege los intereses y las prerrogativas de dominio de Estados Unidos sobre el planeta. La Alianza ha sido y sigue siendo una prolongación de la política exterior estadounidense y el principal instrumento de protección de sus intereses.
Dentro de este modelo todos son sacrificables, excepto Estados Unidos. Por ello, la consigna es clara: enfrentarse a cualquiera que amenace la posición de Washington. Sin embargo, solo la actual y mediocre clase política europea ha aceptado dejarse sacrificar para favorecer las ventajas estratégicas estadounidenses.
De la cumbre de Estambul emerge la reafirmación, adaptada a las circunstancias actuales, de un Occidente que, ante el creciente peso del Sur Global y el extraordinario desarrollo de las economías emergentes - que ya generan el 44 % del PIB mundial y son las únicas que mantienen tasas significativas de crecimiento - reacciona desesperadamente. Existe, además, la convicción de que ya no es posible diseñar estrategias de crecimiento que no pasen por contener o incluso destruir a los competidores económicos, políticos, financieros y militares de Occidente. Desde esta perspectiva, excluyendo cualquier forma de cooperación o de gestión compartida de la gobernanza global, no duda en declararse dispuesto a transformar el planeta en un inmenso escenario de guerra.
También existe conciencia del fracaso del sistema liberal, cuyos intereses fundamentales representan la Alianza Atlántica. Entre ellos destacan el saqueo de los recursos ajenos, el condicionamiento de las políticas comerciales y financieras internacionales y el control de los flujos energéticos. Un fracaso que no solo se refleja en un modelo de desarrollo que incrementa continuamente las desigualdades, sino también en una crisis económica cíclica, casi permanente desde hace una década, derivada de enormes errores de planificación económica.
El último de ellos fue el Green Deal, rápidamente relegado tras haber consumido cientos de billones de dólares y de euros, obligando ahora a una carrera por recuperar el uso de los combustibles fósiles, cuyos principales yacimientos, sin embargo, se encuentran fuera de Occidente. Lo mismo ocurre con las tierras raras, indispensables para la fabricación de tecnologías avanzadas: Occidente no solo dispone de ellas en cantidades limitadas, sino que además carece de la capacidad industrial para extraerlas y procesarlas con la eficiencia alcanzada por China y varios países africanos.
Así, tanto en la producción industrial tradicional - desde la industria automovilística hasta la textil - como en los sectores de alta tecnología, el retraso occidental amenaza con consolidar una derrota estratégica en los mercados durante los próximos veinte o treinta años. Por esto el Occidente Colectivo ha confiado a la OTAN la misión de compensar esa debilidad estratégica como líder y portavoz de un sistema de reglas que sustenta el llamado Orden Unipolar, expresión política del predominio anglosajón.
Sin embargo, las cuentas difícilmente cuadrarán, porque se trata de un modelo agotado, representativo de un Occidente en plena decadencia que, tras el genocidio del pueblo palestino, ha perdido prácticamente toda legitimidad ética y toda capacidad de proyectar valores atractivos hacia el resto del mundo, que cada vez lo percibe más como una amenaza peligrosa.
El mundo nacido en 1989 se encamina hacia su sustitución por un nuevo orden internacional. Pensar que puede seguir dominándose sin la capacidad de gobernarlo constituye una pura ilusión. Sin embargo, el mundo multipolar corre el riesgo de abrirse paso al precio de un espantoso baño de sangre, con el que los derrotados intentarán proclamarse vencedores. Porque el mensaje que llega desde Estambul es precisamente ese: ninguna negociación; para nosotros, negociar significa el fin. Si quieren arrebatarnos el dominio del reino, tendrán que hacerlo por la fuerza.













