La paz nunca perderá vigencia porque ninguna época ha conseguido volverla innecesaria, han desaparecido imperios, cambiaron las fronteras, nacieron nuevas naciones, la ciencia transformó la medicina y la tecnología acortó distancias que durante siglos parecieron imposibles de vencer, pero el ser humano continúa necesitando convivir, entenderse y encontrar salidas a sus diferencias sin recurrir a la violencia, principio que este 21 de septiembre estuvo nuevamente presente en el mundo con la conmemoración del Día Internacional de la Paz, más de un siglo después de que Rubén Darío levantara su voz en Nueva York con PAX en 1915, mientras la Primera Guerra Mundial ensangrentaba Europa. Desde entonces la humanidad avanzó en conocimientos, modificó su manera de comunicarse y experimentó profundas transformaciones políticas y sociales, sin conseguir que el llamado del poeta perteneciera únicamente al pasado, porque las guerras adoptaron otras formas y surgieron desafíos propios de cada tiempo, mientras Naciones Unidas advierte en pleno 2026 sobre conflictos que aumentan en escala y complejidad, confirmando que, por mucho que cambie el mundo, permanece vigente una aspiración transmitida entre generaciones: aprender a convivir sin destruirnos.
El contraste resulta mayor al mirar cuánto ha cambiado la vida humana, hoy dos personas separadas por un océano pueden hablar y verse en cuestión de segundos, la inteligencia artificial ya participa en las actividades que hace pocos años dependían exclusivamente del trabajo humano, la medicina realiza procedimientos que antes parecían inalcanzables y las misiones espaciales llevan instrumentos cada vez más lejos de la Tierra. Sin embargo, semejantes avances conviven con otra realidad, el Comité Internacional de la Cruz Roja proyectó para 2026 su labor humanitaria en más de cien conflictos armados, después de registrar alrededor de 130 activos en 2024, más del doble que quince años atrás, y más de veinte se han prolongado durante dos décadas, suficiente para que millones de personas hayan nacido y alcanzado la edad adulta bajo los efectos de la guerra. Las propias formas de enfrentamiento también cambiaron, los drones pueden atacar a distancia y las operaciones cibernéticas trasladaron parte de las hostilidades a las computadoras y redes capaces de causar daños mucho más allá del lugar desde donde fueron ejecutadas. La humanidad ha conseguido ampliar los límites de la ciencia y transformar profundamente su vida diaria, pero ningún descubrimiento resuelve por sí mismo las diferencias que existen entre nuestras sociedades ni reemplaza la capacidad de sentarnos a conversar para buscar soluciones, negociar cuando las posiciones nos separan y alcanzar acuerdos que eviten nuevos enfrentamientos, y precisamente ahí aparece la contradicción de nuestro tiempo, un mundo capaz de llegar cada vez más lejos con sus conocimientos todavía busca cómo impedir que sus desacuerdos terminen convertidos en guerras.
Las consecuencias alcanzan directamente a quienes tuvieron que abandonar sus hogares y uno de los casos más graves se encuentra en Palestina, donde alrededor de 1,4 millones de refugiados palestinos en Gaza permanecían desplazados internamente al finalizar 2025, mientras cerca de dos millones de personas seguían fuera de sus hogares, muchas de ellas obligadas a desplazarse varias veces durante la guerra que Israel desató contra el pueblo palestino en Gaza, calificada como genocidio por la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU en septiembre de 2025. Esta realidad forma parte de los 117,8 millones de desplazados forzosos registrados en el mundo al cierre del año asado, según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), y entre esas cifras están las familias palestinas que salieron de sus localidades sin saber cuándo podrían regresar. Muchas terminaron viviendo en refugios improvisados o edificaciones dañadas, con dificultades para conseguir agua, alimentos y atención médica, mientras otras han intentado regresar y encontraron viviendas destruidas, calles irreconocibles y comunidades profundamente afectadas. Para los niños, dejar su casa significó además pasar parte de su infancia lejos del lugar donde nacieron, de manera que el retorno, cuando finalmente ocurre, no devuelve de inmediato la vida que quedó interrumpida ni borra las consecuencias acumuladas durante años de desplazamiento.
Nicaragua conoce por su propia historia cuánto cambia la vida entre los años de enfrentamiento y los tiempos de tranquilidad, algo que todavía pueden contar quienes vivieron directamente la guerra que nos impusieron y recuerdan el sonido de las armas, la preocupación por sus seres queridos y el temor de no saber qué podía ocurrir al día siguiente, mientras sus hijos se enteraron de aquellos años por las conversaciones en casa y los niños que nacen en 2026 comienzan a crecer sin haber vivido esos acontecimientos. Con los años, quienes fueron testigos directos van dejando sus historias a hijos y nietos, que reciben un país distinto al que experimentaron sus mayores y llegan a considerar natural la paz y la tranquilidad que hoy nos garantiza el Buen Gobierno Sandinista, precisamente por eso cobra importancia contarles lo sucedido y explicarles lo que significó dejar atrás la guerra y volver a resolver las diferencias mediante el diálogo, porque llegará el momento en que ya no estarán quienes puedan contarlo y corresponderá a las nuevas generaciones cuidar para sus hijos la convivencia que recibieron de sus padres y abuelos, evitando que vuelvan a repetirse los sufrimientos que ellos sintieron.
La guerra actualmente ocupa los titulares por la destrucción que provoca, mientras la paz forma parte durante años de la vida de un país sin llamar la misma atención, precisamente porque no tiene una fecha en la que pueda declararse concluida ni pertenece únicamente a ciertos períodos de la historia, pero ningún pueblo llega a un día en que pueda afirmar que ya no necesita vivir en paz, porque las diferencias nacen entre personas que piensan de manera distinta, se manifiestan en sectores políticos que defienden posiciones contrarias, están presentes en comunidades religiosas con creencias diferentes y alcanzan también a países cuyos gobiernos mantienen intereses que pueden chocar entre sí, de ahí que convivir en paz no dependa de que todos pensemos igual, sino de que esas diferencias encuentren una salida que no termine en violencia. Mientras existan distintas maneras de pensar y de ver el mundo, cada época tendrá sus propias disputas y cada generación deberá encontrar la manera de resolverlas sin convertir el desacuerdo político, social, religioso o internacional en motivo para destruir al otro.
La Organización de las Naciones Unidas nació en 1945 con el compromiso de mantener la paz y la seguridad internacional, respetar la igualdad soberana de los Estados y reconocer el derecho de los pueblos a decidir su propio destino, principios establecidos en su Carta que, más de ocho décadas después, contrastan con las limitaciones que la institución ha mostrado para detener guerras y hacer cumplir decisiones cuando entran en juego los intereses de las grandes potencias. El propio Consejo de Seguridad concentra una de esas contradicciones, cinco países mantienen puestos permanentes y el poder de veto, de manera que el voto negativo de cualquiera de ellos puede impedir la aprobación de decisiones sustantivas aunque los demás miembros las respalden.
Esa distancia entre los compromisos escritos y los resultados alcanzados mantiene abierta una deuda de Naciones Unidas con la humanidad, mientras los pueblos que reclaman soberanía, libertad y el derecho a decidir su futuro continúan sufriendo guerras cuyas consecuencias terminan pagando millones de seres humanos, pues la paz no puede depender de quién tenga mayor poder político, económico o militar. Más que presentar a la ONU como garante de una tranquilidad que todavía no ha logrado asegurar, sus propios principios obligan a mirar cuánto falta para que la igualdad entre las naciones y la solución pacífica de las controversias dejen de estar únicamente escritas y tengan el mismo peso para todos.
Nadie puede anticipar cómo será el planeta dentro de cincuenta o cien años, hasta dónde habrá llegado la medicina, de qué manera trabajarán las personas, cómo serán las ciudades o qué nuevos caminos habrá abierto una tecnología que avanza a una velocidad difícil de imaginar, pero quienes habiten ese tiempo tendrán que compartir el mundo con otros seres humanos, formar sus propias familias y afrontar diferencias actuales de su época, del mismo modo que recibirán las consecuencias de las decisiones tomadas por quienes los precedieron. Algunos serán descendientes de quienes vivimos actualmente en Nicaragua y otros nacerán a miles de kilómetros, bajo gobiernos, culturas y realidades diferentes, pero todos necesitarán condiciones que les permitan crecer sin que una guerra decida el rumbo de sus vidas, una aspiración que la Copresidenta Compañera Rosario Murillo ha resumido al afirmar: “Sin paz no podemos avanzar”. Podrán cambiar los mapas, desaparecer las profesiones que hoy conocemos y surgir descubrimientos capaces de transformar nuevamente nuestra existencia, mientras cada generación recibirá también la responsabilidad de resolver sus diferencias sin entregar a la siguiente las heridas de nuevos enfrentamientos, porque mientras haya seres humanos dispuestos a compartir la vida con otros, la paz nunca perderá vigencia.













