Han transcurrido 800 años desde la muerte de San Francisco de Asís y su llamado a la paz sigue vivo entre personas de distintos pueblos, tanto creyentes como no creyentes, que encuentran en sus enseñanzas razones para defender el amor, el perdón y la fraternidad. Francisco renunció a las riquezas familiares porque decidió dedicar su vida a los que sufrían pobreza o enfermedad, convencido de que el amor debía demostrarse con hechos. También sentía profundo cariño por los animales, a quienes consideraba parte de la creación de Dios, y enseñaba que las diferencias entre las personas no debían convertirse en motivos de odio. Vivió en tiempos en los que la guerra enfrentaba a las naciones y las diferencias religiosas provocaban profundas divisiones, agravadas por las desigualdades que afectaban a la sociedad. Frente a tales dificultades, predicó el entendimiento y el perdón, logrando que sus enseñanzas se extendieran desde Italia hacia otros lugares del mundo. El pasado 4 de octubre de este año, al celebrarse su festividad religiosa y conmemorarse los 800 años de su fallecimiento, volvió a recordarse su conocido saludo “Paz y bien”.

De joven disfrutaba de las fiestas y soñaba con convertirse en caballero, buscando alcanzar reconocimiento por sus hazañas militares. Nación en 1181 o 1182 en Asís, Italia, en el hogar de un próspero comerciante de telas que le permitió crecer rodeado de comodidades. 

En 1202 participó en la guerra entre las ciudades italianas de Asís y Perugia, donde fue capturado y permaneció prisionero durante casi un año. Al recuperar la libertad, regresó a su hogar afectado por el cautiverio y posteriormente sufrió de enfermedades que lo llevaron a reflexionar sobre el futuro que había imaginado. Con el tiempo, comenzó a cambiar su manera de pensar y a cuestionar las aspiraciones que habían marcado su juventud, hasta encontrar en la reflexión y la oración respuestas distintas de las que había conocido en su ambiente familiar.

Al dejar atrás sus aspiraciones militares, comenzó a dedicar más tiempo a su fe cristiana y decidió seguir las enseñanzas de Jesucristo, acercándose a los pobres y enfermos para ayudarlos. En cierta ocasión encontró a un hombre que padecía lepra y, venciendo el temor y el rechazo que inicialmente le provocaba la enfermedad, se acercó y le besó la mano. También acudía a rezar a la pequeña iglesia de San Damián, donde creyó escuchar la voz de Cristo pidiéndole que reparara su Iglesia, por lo que comenzó a restaurar pequeños templos deteriorados. Su padre se opuso a que utilizara los bienes del negocio familiar para realizar aquellos trabajos, lo que provocó un conflicto entre ambos que terminó cuando renunció públicamente a su herencia ante el obispo de Asís. Desde entonces decidió vivir en la pobreza y dedicarse a predicar el Evangelio, despertando el interés de otros hombres que comenzaron a seguirlo y con quienes fundó la Orden de los Frailes Menores, aprobada inicialmente por el papa Inocencio III en 1210.

Sentía profundo cariño por los animales porque consideraba que todos los seres vivos eran criaturas de Dios y merecían respeto y protección, durante los últimos años de su vida escribió el “Cántico de las criaturas”, en el que alababa al Creador por las maravillas de la naturaleza. Entre las historias que sus seguidores han compartido se encuentra la del lobo de Gubbio, al que habría logrado apaciguar para que dejara de atacar a los habitantes de la ciudad italiana. El encuentro con el animal inspiró a nuestro poeta Rubén Darío para escribir “Los motivos del lobo”, cuyo poema aborda la crueldad humana y las dificultades para vivir en paz.

Al dedicarse a predicar el Evangelio, comenzó a llevar sus enseñanzas fuera de Italia y a hablar con personas de otras religiones, convencido de que las diferencias de fe no debían impedir el diálogo. En 1219, durante la Quinta Cruzada, viajó a Egipto, donde los ejércitos cristianos combatían contra los musulmanes cerca de la ciudad de Damieta, y se presentó ante el sultán Al-Kamil con el propósito de compartir las enseñanzas de Jesucristo. Aunque no tenía ningún cargo político ni militar, fue recibido por el gobernante musulmán, que escuchó sus palabras y conversó con él respetuosamente, a pesar de las diferencias religiosas que los separaban. Su visita logró que dos hombres de creencias distintas dialogaran frente a frente, cuando los pueblos a los que pertenecían estaban enfrentados por la guerra.

Cuatro años después de su encuentro con el sultán, durante la Navidad de 1223 reunió a los habitantes de Greccio en Italia para representar el nacimiento de Jesús. Preparó un pesebre sencillo con paja y animales vivos como un buey y un burro para mostrar la humildad con que Jesús había venido al mundo. Fue la primera representación viviente conocida de la Navidad y contribuyó a extender la costumbre de preparar nacimientos en los hogares y las iglesias, tradición que millones de familias mantienen hasta nuestros días.

El llamado de San Francisco de Asís a dejar atrás el odio y aprender a perdonar ha sido retomado en Nicaragua por la Copresidenta Compañera Rosario Murillo, que a lo largo de toda su vida ha sido consecuente con sus palabras y hechos en favor de la paz, y en diferentes ocasiones ha invocado las enseñanzas del santo para llamar a las familias nicaragüenses a vivir en armonía y fortalecer el amor entre todos. En una de sus intervenciones, al celebrarse la fiesta de San Francisco de Asís, compartió la conocida “Oración por la Paz” y expresó que era “Una hermosísima oración que deberíamos leer todos, todos los días, para convertirnos en militantes del Amor, de la Paz, de la Concordia, del Respeto, de la Solidaridad”. Durante su lectura pronunció las siguientes palabras: “Señor, hazme un instrumento de tu paz. Donde haya odio, ponga yo amor. Donde haya ofensa, ponga yo perdón. Donde haya discordia, ponga yo armonía. Donde haya error, ponga yo verdad. Donde haya duda, ponga yo Fe. Donde haya desesperación, ponga yo esperanza. Donde haya tinieblas, ponga yo luz. Donde hay tristeza, ponga yo alegría. Señor, que yo no busque tanto ser consolado, sino consolar, ser comprendido, sino comprender, ser amado, sino amar. Porque es dándose que se recibe, olvidando, que se encuentra, perdonando, que se es perdonado, muriendo, que se resucita a la vida eterna”, concluyó la Compañera Rosario Murillo.

San Francisco de Asís no tuvo hijos ni formó hogar con mujer alguna, porque decidió dedicar su vida a predicar el Evangelio hasta su muerte el 3 de octubre de 1226, a los 44 años, en la Porciúncula, cerca de su ciudad natal. Durante sus últimos años padeció graves enfermedades que disminuyeron sus fuerzas y afectaron seriamente su vista, aunque no se conoce con certeza la causa exacta de su fallecimiento. Dos años después, el 16 de julio de 1228, el papa Gregorio IX lo declaró santo y la orden franciscana que había fundado continúa activa en numerosos países, manteniendo sus enseñanzas entre los fieles. 

Con el tiempo, comenzaron a llamar “cordonazo de San Francisco” a los fuertes aguaceros de comienzos de octubre, por la creencia popular de que el santo provocaba las tormentas al sacudir el cordón de su hábito religioso. En este 2026, al cumplirse 800 años de su muerte, sus restos mortales fueron exhibidos del 22 de febrero al 22 de marzo en la Basílica de San Francisco de Asís, en Italia, donde despertaron el interés de miles de visitantes llegados de diferentes partes del mundo. Desde nuestra Nicaragua Cristiana, Socialista y Solidaria, el llamado de San Francisco de Asís a vivir en paz sigue siendo fundamental para nuestro pueblo, porque la tranquilidad permite a las familias trabajar, cuidar a sus hijos y avanzar por el buen camino hacia el futuro que queremos para las nuevas generaciones.

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