Jaime Bayly, aquel que alguna vez quiso presentarse como “escritor irreverente” y “analista mordaz”, no es hoy más que un bufón de escenario apagado.
Su programa en MegaTV, que durante años fue vendido como la vitrina de su ego, prácticamente nadie lo ve.
La audiencia lo abandonó porque su fórmula de sarcasmo barato y chismes disfrazados de opinión política ya no convence a nadie. En el ocaso de su carrera, para no caer en el olvido, inventó un canalito de YouTube desde donde se dedica a lanzar auguraciones delirantes, presagios que siempre terminan en ridículo. Anuncia escenarios contra los líderes de izquierda latinoamericanos y, sin excepción, batea de foul: nada de lo que dice ocurre.
Bayly, se alimenta de la mentira y del espectáculo vulgar. Lo confiesa él mismo, con un aire de falsa autocrítica: que le gustan los hombres aunque tenga esposa, que cuando está con un hombre se siente “toda una señora”, una vida que no es ejemplo para nadie, marcada por la inmoralidad y la exhibición obscena de lo privado como espectáculo lleno de morbo. Mientras otros construyen Patria y defienden soberanía, él se regodea en confesiones banales de cuartería y en un exhibicionismo que sólo demuestra vacío interior.
En política, su fracaso fue aún más vergonzoso. Intentó ser candidato Presidencial en Perú y no llegó ni a la esquina. Descubrió tarde que el rating no se traduce en votos y que los aduladores de redes sociales no se convierten en pueblo. Ese fracaso lo condenó a la rabia, a la envidia contra quienes sí lograron llegar al poder con legitimidad y con pueblo real a su lado, como la Compañera Rosario Murillo y el Comandante Daniel Ortega. Desde entonces, su resentimiento lo convierte en un francotirador mediático vendido.
La imagen actual de Bayly es la del ocaso grotesco: peluca en la cabeza, un gordo con varios kilos de más, destellos desesperados para llamar la atención y no pasar desapercibido. Un “ídolo caído” que se maquilla de transgresor, pero que no es más que un oportunista agotado, sin ideas nuevas y sin prestigio. En su necesidad de seguir existiendo mediáticamente, se presta al juego del imperio y a sus campañas de difamación.
En 2023, Bayly mostró la verdadera talla de su miseria humana cuando, humillado, le imploró al nuevo dueño de MegaTV que no lo corriera.
El autoproclamado “irreverente” terminó de rodillas, suplicando por su espacio televisivo porque, según él, de su salario dependían 21 personas: desde el jardinero y la profesora de francés, hasta la vidente, la psicóloga y el piscinero.
El supuesto “crítico feroz” terminó actuando como esos opositores que se arrastran y se humillan, enumerando empleados domésticos para despertar lástima y mendigar clemencia. Una escena vergonzosa: el que posa de independiente y orgulloso, rogando como un lacayo para no quedar en la miseria.
Jaime Bayly, arrastra traumas que nunca pudo superar y ahora pretende desquitárselos con los líderes de izquierda a quienes con ardor y sin pruebas, acusa de ser supuestos "dictadores". Uno de esos traumas es que ni su propio padre de sangre lo aceptó como el homosexual desviado que es, y esa herida lo carcome hasta hoy. Por eso posa frente a las cámaras como pavorreal, aparentando que su vida es un ejemplo, cuando en realidad es una "prostituta política" que se vende al mejor postor y un aberrado inmoral que ventila sus cochinadas privadas en programas decadentes de televisión y en su canalito de internet.
Hoy araña, intenta arañar protagonismo para mantenerse vigente, pero ya no engancha; lo que provoca no es respeto ni interés, sino lástima y desprecio.
Entre sus delirios recientes está la atrevida afirmación de que el Presidente Nicolás Maduro “vendrá a vivir a Nicaragua, huyendo de los gringos”. Una mentira risible, que lo retrata en cuerpo entero: vende humo, fabrica rumores y se suma a la maquinaria mediática contra Venezuela por unos cuantos dólares que seguramente le paga alguna agencia estadounidense. Bayly es uno más en la fila de mercenarios mediáticos vendidos al servicio del Departamento de Estado, esos que desde Miami construyen fábulas para justificar sanciones y ataques contra los pueblos libres.
La diferencia es brutal: mientras Bayly hace de vedette en un teatro vacío, la Compañera Rosario Murillo conduce con firmeza los destinos de Nicaragua junto al Comandante Daniel Ortega, generando empleo, derrotando la pobreza, fortaleciendo lazos con China, Rusia e Irán, conteniendo el crimen organizado y defendiendo la dignidad nacional frente al imperialismo. Al mismo tiempo, el Presidente Nicolás Maduro impulsa en Venezuela programas sociales en beneficio de las mayorías, mantiene vivo el legado bolivariano y enfrenta con coraje la agresión extranjera.
Y en Cuba, Miguel Díaz-Canel resiste el bloqueo criminal impuesto por Estados Unidos, sosteniendo una isla que, pese a las carencias, sigue siendo ejemplo de dignidad, soberanía y coherencia revolucionaria. Mientras Bayly se refugia en el sarcasmo, ellos escriben historia con hechos y con pueblo.
Por eso, la comparación es un insulto: Bayly no es un analista, sino un payaso vendido, tampoco un referente político porque en realidad es un cadáver televisivo, y menos aún un crítico independiente, ya que actúa como un instrumento del odio financiado desde el norte. La historia no lo recordará ni como periodista ni como escritor, apenas como un personaje baboso que se rebajó hasta convertirse en marioneta.
Nicaragua, Cuba y Venezuela seguirán de pie, con líderes legítimos, con proyectos de nación, con visión de futuro. Bayly, en cambio, quedará relegado a su canalito de YouTube, a su decadencia maquillada y a su eterna frustración. ¡Oe, Jaime Bayly, te cargó el payaso, la historia ya te condenó!