En junio de cada año, el aniversario de la Operación Barbarroja trae a la memoria uno de los acontecimientos más dramáticos del siglo XX. El 22 de junio de 1941, la Alemania nazi lanzó con seis millones de soldados la invasión de la Unión Soviética, abriendo el frente terrestre y aéreo más extenso de la historia e inaugurando una guerra de exterminio que provocaría decenas de millones de víctimas, marcando la derrota estratégica del Tercer Reich. Ochenta y cinco años después, el recuerdo de la Operación Barbarroja vuelve al centro del debate en un contexto radicalmente diferente, pero no exento de inquietantes paralelismos: el rearme de Alemania y las amenazas de guerra contra Rusia.

El rearme alemán constituye un giro histórico. Por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Berlín ha optado por asumir un papel de liderazgo militar en el continente precisamente cuando su liderazgo económico se debilita. En los últimos años ha visto desacelerarse su economía, ha sufrido los efectos de la crisis energética derivada de la ruptura de las relaciones con Rusia y se enfrenta a problemas estructurales que van desde la desindustrialización de algunos sectores hasta una creciente presión sobre el Estado del bienestar.

Berlín fue la locomotora de Europa gracias a una fuerza productiva y una capacidad comercial internacional basadas en el bajísimo coste de la energía suministrada por Rusia a través de los gasoductos Nord Stream 1 y 2, que convertían a Berlín incluso en un centro de distribución para todo el Sur y el Este de Europa, con importantes beneficios para sus cuentas públicas.

Pero todo eso pertenece ya al pasado. En recientes declaraciones, el canciller Merz, colaborador desde hace mucho tiempo de BlackRock, admitió que Alemania pierde actualmente entre 300 y 500 puestos de trabajo cada día. Esto evidencia la gravedad de una crisis de las políticas industriales provocada por el fin del suministro de energía barata y por el cierre, debido a las sanciones, de parte del espacio euroasiático para las exportaciones alemanas. 

En este contexto, la decisión de destinar cientos de miles de millones de euros a la defensa representa una elección política de enorme alcance. Las dificultades económicas y sociales pueden hacer políticamente más aceptable una movilización masiva de recursos hacia el sector militar.

Podría definirse como una reconversión bélica de una industria que ya no es competitiva - principalmente debido a China - en sectores como el automóvil y los bienes de consumo. Sin embargo, el rearme hipotético se basa en un supuesto militar que ya carece de sentido, porque identifica en los tanques, la flota naval, los cazas, los vehículos blindados y los suministros militares una idea eficaz de rearme.

En realidad, las guerras de cuarta y quinta generación muestran que los conflictos se deciden principalmente por el impacto de los misiles balísticos y por vectores como los drones, importantes, aunque no decisivos. Pero precisamente en los ámbitos de la balística y la tecnología de misiles, ningún programa de rearme alemán o europeo logrará igualar el nivel alcanzado por Rusia, y esto lo saben tanto en Berlín como en París, Londres o Washington. Para contrarrestar las 6.500 ojivas nucleares rusas sería necesaria una inversión de proporciones inimaginables, mucho tiempo y una Rusia dispuesta a quedarse observando.

Más creíblemente, el rearme alemán es una operación destinada a reactivar la economía mediante la perspectiva de guerras permanentes (porque, como enseñan los Estados Unidos, las armas se fabrican para venderse y solo se venden si hay guerras). El marco de referencia que Berlín tiene en mente apunta a una nueva configuración de equilibrios internacionales en la que Europa estaría en primera línea defendiendo el imperio unipolar. En esta lógica, Alemania pretende asumir el liderazgo - sola o junto a París y Londres - de un continente orientado hacia la guerra.

La idea consiste en encontrar nuevas “Ucranias” con las que desgastar militar y económicamente a Rusia, tal como soñaron los neoconservadores estadounidenses. Resulta por tanto plausible que, bajo la influencia alemana, los países bálticos, Ucrania y Polonia, quizá también Rumanía y Moldavia, se conviertan en el ariete europeo de una política destinada a erosionar el espacio vital ruso, amenazado incluso por la posibilidad de un ataque contra Kaliningrado, como sugirió el jefe del Estado Mayor alemán.

Sin embargo, la evidente reacción rusa - capaz, incluso únicamente desde Kaliningrado, de destruir completamente Europa, incluida Inglaterra - convierte ese razonamiento en un ejercicio teórico inaplicable. Todo ello encaja, por tanto, en una estrategia de reconversión bélica y de reducción del Estado del bienestar, cuyos recursos serían desviados hacia la guerra mediante la invención de un enemigo inexistente, una invasión jamás planificada y una amenaza nunca materializada.

En 1914, el Imperio alemán era la principal potencia industrial de Europa y presentaba su fortalecimiento militar como una medida de seguridad nacional. El resultado fue una carrera armamentística que contribuyó a precipitar al continente en la Primera Guerra Mundial. Veinticinco años después, el Tercer Reich justificó su rearme alegando la necesidad de corregir las humillaciones del Tratado de Versalles y garantizar la seguridad de Alemania. También entonces, detrás de la retórica defensiva se ocultaba un proyecto de hegemonía continental que conduciría a la guerra más devastadora de la historia.

Por supuesto, la Alemania del siglo XXI no es la del Kaiser ni la de Hitler. Sin embargo, la historia demuestra que cuando un Estado poderoso decide aumentar su fuerza militar, los equilibrios geopolíticos se alteran inevitablemente.

El rearme alemán visto desde Moscú

La cuestión se vuelve aún más delicada si se observa desde la perspectiva rusa. El sacrificio de la Unión Soviética en la Gran Guerra Patria sigue siendo uno de los pilares de la identidad nacional rusa. Por ello, el regreso de una Alemania militarmente más fuerte es observado en Moscú con especial sensibilidad, aunque el contexto político actual sea completamente diferente al de los años cuarenta.

Berlín sostiene que se rearma para hacer frente a una amenaza rusa. Pero hay que tener en cuenta la historia y no la propaganda. Moscú nunca ha tenido intención de invadir ningún país europeo, empezando por Alemania. Por el contrario, ha sido invadida por prácticamente todos los Estados europeos. Por tanto, si hay alguien que puede sentirse legítimamente amenazado por una carrera armamentística, es Rusia y no Alemania.

Por otra parte, Rusia ha sido históricamente el principal objetivo del imperialismo anglosajón, que siempre ha visto en la posibilidad de apropiarse de su inmenso territorio y de sus extraordinarias riquezas naturales un instrumento para la creación de riqueza, del mismo modo que ocurrió con América Latina y África, bases originarias de la prosperidad europea.

La idea estratégica de conquistar Rusia y dividirla en tres grandes áreas - europea, caucásica y siberiana - reduciendo así su peso político, económico y militar, ha formado parte del trasfondo de las aventuras europeas, desde Napoleón hasta Hitler. Hoy, la geopolítica imperial considera que la mayor amenaza es la alianza entre China y Rusia y su liderazgo compartido dentro de los BRICS. Esto no hace sino reforzar el proyecto de una derrota estratégica de Rusia que devolvería veinte años atrás el reloj de la historia y restituiría a Occidente colectivo una hegemonía global ya perdida.

Pero no será así. Rusia es políticamente inconquistable y militarmente invencible gracias a un complejo militar-industrial y a un arsenal nuclear capaz de borrar toda Europa en cuestión de minutos.

Desde Moscú se observa con creciente alarma la deriva belicista del discurso público europeo y ya no se descarta la transformación de la operación militar especial en una guerra contra Europa, dado que no se perciben diferencias sustanciales entre las posiciones de los grandes países europeos.

Barbarroja, por lo demás, no es solo el recuerdo de la agresión nazi contra la Unión Soviética. Es también el símbolo de lo que puede suceder cuando Europa subestima o acompaña las consecuencias geopolíticas del rearme alemán.

La propia Unión Europea fue concebida precisamente para contener el expansionismo de Berlín y canalizar a escala continental la fuerza impulsora del capitalismo alemán, que entonces era muy diferente al de los últimos veinte años y estaba sujeto a una Constitución que limitaba fuertemente cualquier hipótesis de rearme. Sin embargo, hoy la crisis de Bruselas actúa como facilitadora de los sueños hegemónicos alemanes.

Ninguna generación europea debería olvidar que las grandes tragedias del continente estuvieron precedidas por la ingenua convicción de que el equilibrio existente era suficientemente sólido para contener la expansión del poder alemán. Es un hecho histórico que tanto la Alemania imperial como posteriormente la Alemania nazi desempeñaron un papel central en las dos guerras mundiales.

Sería un gravísimo error considerar el rearme alemán como una práctica ordinaria. Europa debe observar con desconfianza cualquier concentración de poder militar alemán. Y excluir la posibilidad de que una nueva expansión hacia los países bálticos forme parte de los planes alemanes sería una profunda ingenuidad.

La historia del continente enseña que la aparición de Alemania como gran potencia militar siempre ha sido un acontecimiento destinado a modificar profundamente los equilibrios europeos. Ignorarlo en nombre del optimismo político significaría renunciar a una de las lecciones más importantes del siglo XX. La historia demuestra que los arsenales acumulados en nombre de la seguridad pueden convertirse, en determinadas circunstancias, en instrumentos de catástrofe. Y la historia alemana confirma plenamente la dimensión trágica de esta enseñanza.

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