En su discurso programático en la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial (WAIC) 2026 en Shanghái, ante la presencia del Secretario General de las Naciones Unidas, Gutiérres, el presidente chino Xi Jinping instó al mundo a la cooperación internacional, afirmando que el desarrollo de la IA debe ser una «sinfonía» colectiva y no la exhibición en solitario de un solo país.
Por ello, Xi presentó la fundación de la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO), una organización destinada a unir a la comunidad global en la regulación del sector. Hasta ahora, 29 países (entre ellos Nicaragua) ya se han adherido y son numerosos los Estados que han mostrado interés en unirse. Se prevé una mayor coordinación entre los países, basada en la cooperación con todos los organismos internacionales, con amplias consultas y contribuciones de todos, para obtener de esta manera beneficios compartidos.
No se trata de otro organismo más destinado a quedar en el olvido en los pasillos de la ONU. Pekín es plenamente consciente de que el desarrollo de la inteligencia artificial va mucho más allá de un proceso de evolución tecnológica, ya que cambia la estructura sistémica del planeta, trayendo consigo innovaciones que inciden en todos los ámbitos de la vida cotidiana y, sobre todo, porque su uso, por parte de Estados Unidos, se concibe y diseña principalmente en el ámbito militar y en el de la vigilancia generalizada.
Desde un punto de vista conceptual, queda claro que la IA no puede abordarse con la misma actitud con la que se han acogido las distintas revoluciones tecnológicas. Hasta ahora, de hecho, toda innovación tecnológica contribuía a mejorar la calidad de vida de la humanidad; con la IA, por primera vez, se plantea la relatividad de la presencia humana. En el sentido de que no ayuda a optimizar el desempeño humano, sino que plantea, a la larga, su sustitución, poniendo en la agenda el fin del ser humano como concebido hasta ahora, elemento central del sistema natural.
Como es sabido, la IA recibe datos (textos, imágenes, números, etc.), identifica patrones y relaciones entre ellos y los utiliza para hacer predicciones o generar una respuesta. Pero la IA no tiene conciencia, emociones ni comprensión del mundo como una persona. Produce respuestas basándose fríamente en modelos estadísticos aprendidos a partir de los datos proporcionados y no «procesa» en el sentido humano del término.
La clave de todo está en los algoritmos, que es una secuencia ordenada de instrucciones que describe cómo resolver un problema o realizar una tarea; guían a la computadora en la resolución de un problema. Lo genera un programador, es decir, una mente humana. Recopila datos, los analiza y aprende, para llegar a formular predicciones procesándolos de manera autónoma. Pero, en la inteligencia artificial, los algoritmos están diseñados no solo para ejecutar instrucciones, sino también para aprender de los datos, identificar patrones y hacer predicciones o tomar decisiones sobre nuevos datos. Es esta capacidad de aprender y sustituir lo establecido originariamente la que distingue a muchos sistemas de IA de los programas informáticos tradicionales.
La extraordinaria potencia de cálculo, sobre todo en un futuro cercano, cuando podría aumentar enormemente basarse en la mecánica cuántica, permitiría analizar millones de datos conectados en red y dar una respuesta basada únicamente en la velocidad, pero sin el proceso de evaluación de la conveniencia, la ética y el cálculo de los efectos sobre terceros que, en cambio, toda decisión humana implica. Por ejemplo, cuando se aplica a las guerras, ante la identificación de un objetivo enemigo al que atacar, ofrece la solución militar destructiva, sin tomar en cuenta en absoluto los daños colaterales que se provocarían, la viabilidad política y humana de la acción ni las consecuencias que generaría. Identifica la solución al problema sin ningún tipo de condicionamiento ético o político.
Se trata, de hecho, de la fase inicial de una sociedad robótica que, en un desarrollo sin control, podría implicar una robotización creciente hasta el punto de provocar un conflicto con la propia humanidad. Y no hace falta ser adivino para comprender lo que todo esto, aplicado al ámbito militar, podría generar.
Por último - pero no menos importante - existe también un serio problema de gestión para los centros de datos de IA, que consumen enormes cantidades tanto de energía como de agua para poder funcionar. Esto produce un desequilibrio energético y un impacto ambiental severo en los lugares donde se instalan, mientras que la búsqueda de fuentes de energía superiores abre la puerta a teorías extremadamente peligrosas sobre cómo obtenerlas. Este también es un tema que solo puede abordarse en un marco de cooperación global si no se quiere que se convierta en motivo de nuevas guerras y nuevos desequilibrios planetaria.
¿Qué hacer?
Las dos cuestiones fundamentales en torno al tema de la IA se refieren a la seguridad y al control humano, dados los riesgos de que la tecnología sustituya la voluntad humana mediante el desarrollo de algoritmos aplicados a una potencia de cálculo infinita que, por su propia naturaleza, tiende a eliminar los sistemas de valores humanos de su actuación, lo que haría al ser humano potencialmente innecesario en la construcción de un modelo de sociedad super tecnológica que agravará la ya considerable brecha entre las distintas regiones del mundo.
No es extraño, por lo tanto, que todos los proyectos de IA chinos sean de código abierto, con la convicción de que compartir sirve sobre todo para no generar más desigualdades y promover un desarrollo potencialmente simultáneo, a ser posible homogéneo y, por lo tanto, accesible para todos. Por el contrario, en una interpretación supremacista y amenazante, Estados Unidos determina quién y cuándo puede utilizar sus sistemas y aplica formas de control y restricciones a los países que no considera «amigos», para evitar que entidades o países que no forman parte de su club puedan tener acceso a los sistemas y, con ello, generar una evolución adicional de los mismos. Una estrategia que indica claramente la idea de supremacía que subyace a su desarrollo.
Precisamente en nombre de una gestión cuidadosa de un fenómeno que, sin control ni una gestión prudente y responsable de su desarrollo - dada su capacidad potencial para alterar los equilibrios planetarios y, en teoría, anular el papel de la humanidad - el presidente chino invitó a la comunidad internacional a unirse ante este desafío trascendental. Los cuatro puntos clave del discurso de Xi Jinping en Shanghái señalaron cuál debería ser el camino deseable para mantener el control humano sobre la tecnología.
El líder chino se mostró absolutamente convencido de que el desarrollo tecnológico de la inteligencia artificial profundizará la brecha ya existente entre el Norte y el Sur del mundo y, para evitar que esto suceda - lo que agravaría la ya dramática brecha entre el desarrollo y el subdesarrollo - China ha decidido, como apoyo al Sur global, reducir la brecha digital proporcionando tecnologías e instrumentos a los países en desarrollo.
Para respaldar de manera concreta esta visión internacional, Pekín ha establecido compromisos específicos para los próximos cinco años: capacitación global y la oferta de 5,000 oportunidades de capacitación en IA dirigidas a los países en desarrollo. El programa se gestionará mediante la creación de centros para las aplicaciones de la IA en colaboración con la Unión Africana y la ASEAN. Otra iniciativa se centrará en la prevención meteorológica: se ampliará a 30 países el sistema chino de alerta meteorológica basado en IA (Mazu).
La pregunta que plantea Xi se refiere a todo el planeta y a sus habitantes: ¿hacia dónde queremos llegar? ¿Hacia una gestión compartida y controlable del fenómeno o hacia una nueva carrera tecnológica que genere, por sí misma, una mayor supremacía socioeconómica y militar a nivel mundial? ¿Queremos un desarrollo tecnológico que amplíe las desigualdades ya marcadas o, por el contrario, pensamos en utilizar estos sistemas para limitarlas? Como se puede comprender, hay todo un universo que separa ambas concepciones. La visión socialista, universalista e igualitaria de Xi pone de relieve la doctrina socioeconómica, e incluso ética, del socialismo chino; en su polo opuesto, se manifiesta la visión estadounidense, es decir, la visión clasista y supremacista de un Occidente capitalista y devorador de energía, ávido únicamente de mayor riqueza y mayor dominio, lo cual se traduce en un aumento de las desigualdades globales.
Son preguntas que el líder chino plantea en su calidad de quien, aunque no esté solo, se siente líder de una comunidad internacional que no puede permitirse ignorar las posibilidades y consecuencias de la falta de vigilancia y control sobre un fenómeno que, si no se controla, genera y generará cada vez más una brecha insalvable entre las distintas regiones y economías del mundo y, por lo tanto, una desestabilización planetaria cada vez más profunda. Al igual que con toda innovación tecnológica que altere el marco sistémico anterior, se necesita un consenso basado en reglas compartidas; por lo tanto, es necesaria una cooperación contra el monopolio. Es decir, el rechazo al dominio exclusivo de una sola nación en el sector y la oposición al uso de la seguridad nacional como pretexto para frenar la innovación de otros.
Se necesita una innovación abierta a todos y una gobernanza global que establezca los términos y condiciones de su uso y desarrollo. Por lo tanto, se debe promover el código abierto e instituir un sistema de gobernanza global justo, equitativo y coordinado bajo los auspicios de las Naciones Unidas. El objetivo es compartir la gestión de los riesgos éticos y de los algoritmos para garantizar que las máquinas pensantes sigan siendo siempre seguras y controlables.
Entre Xi y Estados Unidos surge la diferencia conceptual entre gobernar y dominar. Una vez más, se pone de manifiesto la incompatibilidad entre dos modelos: uno que prevé el intercambio y la multipolaridad como bases para la convivencia, y otro que ve en el dominio de una minoría sobre la mayoría el objetivo estratégico de un modelo que, de otro modo, estaría condenado al fracaso. Los países de la comunidad internacional tendrán que elegir: si seguir siendo vasallos que observan y sufren el desarrollo de los países ricos o si intentan unirse para recorrer el camino del desarrollo para todos.













