Serían las cinco de la mañana de un día de agosto de 1993 cuando salimos de Managua rumbo a Quilalí para negociar la devolución de veintiún funcionarios de gobierno que José Ángel Talavera (conocido en el Frente Norte 380 como “El Chacal”) tenía como rehenes en Caulatú. Yo iba con el Cardenal Miguel en su camioneta. Atrás, en un segundo vehículo, acompañaban al Cardenal los monseñores Eddy Montenegro y Bismarck Carballo.
Fue la primera vez que conversé largamente con él, mientras recorríamos el largo trayecto entre Managua y Sébaco. Como yo había ya viajado dos días atrás a negociar la liberación de otros veintiún rehenes, él perspicazmente me interrogó sobre la situación, la personalidad de Talavera y de su hermano Salvador, y detalles específicos sobre los rehenes que yo ya había tenido la oportunidad de ver.
Fue muy metódico. Era evidente su experiencia en situaciones similares. Él ya había logrado resolver el secuestro de la casa de Chema Castillo en diciembre de 1974, y el de agosto de 1978, cuando un pelotón de guerrilleros sandinistas bajo la conducción de Edén Pastora secuestró a todos los diputados en el Palacio Nacional, en una gesta singular que asombró al mundo.
En Sébaco paramos a recoger al entonces monseñor Leopoldo Brenes, obispo de Matagalpa, y hoy nuestro Cardenal de Nicaragua. Luego igual en Estelí para buscar a Juan Abelardo Mata, obispo de Estelí. Durante el largo y riesgoso viaje pude realmente conocer al maestro y sus discípulos. Polito era humilde y manso de corazón, pero profundo y sagaz en sus reflexiones. Juan Abelardo, intenso y apasionado, con el fuego de Pablo en su voz.
Algún día narraré los detalles de ese dramático episodio. Por hoy solo quisiera anotar que me quedé profundamente admirado de las destrezas negociadoras del Cardenal Miguel, pidiendo a Polito que interviniera cuando era necesaria una voz suave pero persuasiva, y a Juan Abelardo cuando era necesario presionar enérgicamente. Diecinueve horas después salimos de vuelta a Managua con los rehenes y el compromiso del gobierno de cumplir los acuerdos. Fue el último estertor de la guerra de la Contra, que había desangrado al país por diez años largos y sombríos.
Después el Cardenal Miguel me invitó a servir como vicerrector académico en la recién fundada Universidad Católica que hoy lleva su nombre. Allí pude conocerlo aún más de cerca. Muchas veces toqué a la puerta de su despacho y entré para encontrarlo de rodillas en el reclinatorio frente a su pequeño oratorio en el fondo. Igual me sucedió cuando llegué a su casa por alguna emergencia, a diferentes horas, y lo encontré de rodillas, rezando en el oratorio de su sencilla y austera casa de habitación. No estaba en su naturaleza humilde construirse un palacio arzobispal.
Habiendo tenido el privilegio de conocerlo cercanamente puedo afirmar, sin dudar a dudas, que era un hombre de oración, un modelo de sacerdote, un santo varón.
He dicho antes que el cinismo y el materialismo de la vida moderna nos han hecho perder de vista algunas virtudes fundamentales. Una de ellas, quizá la más importante de todas, es la virtud de la santidad. La bondad, la abnegación, la pureza de corazón, la generosidad, son virtudes que se han quedado fuera de las cualidades que la modernidad aplaude. Y por eso, a veces, pasa un santo a nuestro lado, pasa una santa, y no somos capaces de reconocer el aura bendecida que los envuelve.
Yo pude, en esos años cerca del Cardenal Miguel, percibir y apreciar el aura consagrada de su vida santa, su profunda fe, su vida de oración y su entrega a los demás.
El lunes 2 de febrero, al conmemorar el centenario del nacimiento del Cardenal Miguel, asistí con devoción al acto celebrado en la Catedral de Managua. Allí tuve de nuevo la oportunidad de escuchar la voz siempre humilde y sabia del Cardenal Leopoldo Brenes, llena de cariño para quien fuera su preceptor, y de la luz del Espíritu Santo para tocar los corazones de los presentes.
Hubo allí discursos que abordaron las diversas dimensiones de la personalidad y los hechos del Cardenal Miguel. La rectora de la UNICA, Michelle Rivas, reseñó la labor constructora y el estilo de liderazgo del Cardenal Miguel, en el complejo proceso de juntar voluntades y construir la universidad que hoy tiene la bendición de llevar su nombre.
En otros discursos se mencionó la colosal labor de levantar rápidamente los nuevos templos de Managua, arrasados por el asolador terremoto de 1972; la titánica tarea de construir la nueva Catedral Metropolitana de Managua, la nueva Curia Arzobispal, y la casi milagrosa labor de fundar el nuevo Seminario Arquidiocesano. Grande es el legado del Cardenal Miguel como constructor de obras para el bien del espíritu humano.
Celebré la oratoria sagrada de Monseñor Bismarck Carballo, reseñando con su sonora voz diversos aspectos de la vida pública del Cardenal, y me alegró que mencionara al doctor Luis Humberto Guzmán, jurista demócrata cristiano que, siendo presidente de la Asamblea Nacional, le impuso la condecoración en oro de ese poder del Estado.
Y en ese momento se me vino otro recuerdo a la mente. El doctor Guzmán, al condecorar al Cardenal Miguel en la recién inaugurada Catedral de Managua, dijo palabras que para mí son inolvidables: “Cardenal, su nombre Miguel significa mensajero, su apellido es Bravo y usted es nacido en La Libertad. En consecuencia, podemos afirmar que usted es un bravo mensajero de la libertad”.
El gobierno de Nicaragua le confirió el título de “Prócer de la Reconciliación y la Paz” y la Asamblea Nacional ha creado una nueva condecoración en reconocimiento a la labor ejemplar del Cardenal procurando incansablemente la paz y la reconciliación de la familia nicaragüense. Esa dimensión fundamental caracteriza al Cardenal Miguel como un verdadero discípulo de Cristo en la prédica incansable de su mandamiento evangélico: “Amaos los unos a los otros”.













